Una larga madrugada de espanto
“¡Vamos hueón, vamos ya carajo!”. En el descanso del cuarto piso, un hombre en pijamas le grita a su compañero que se apure. Lleva dos perros pequeños amarrados y el cuerpo le tiembla entero. Son las 3.45 del sábado.

Domingo 28 de Febrero de 2010

“¡Vamos hueón, vamos ya carajo!”. En el descanso del cuarto piso, un hombre en pijamas le grita a su compañero que se apure. Lleva dos perros pequeños amarrados y el cuerpo le tiembla entero. Son las 3.45 del sábado. La gente corre escaleras abajo como puede, aunque algunos todavía están shockeados: una pareja joven se abraza en el descanso del tercer piso. Se quedan quietos, con los ojos muy abiertos, mirando a los que bajan. Al poco tiempo se unen al grupo de vecinos a medio vestir que se reúne espontáneamente en el ingreso del edificio.

Falta más de una hora para que la radio empiece a mencionar los casos de fallecimientos por infarto, pero cualquiera de los que estamos allí podemos entender la dimensión del espanto.

A las 3.34, después que el suelo comenzara a temblar, la mitad de los habitantes del edificio Mondrián del barrio Providencia, en Santiago de Chile, se despertaron violentamente. El temblor se convirtió en una sacudida de una magnitud que ninguno había experimentado en su vida.

En el quinto piso, donde me alojaba, comenzó a caer el revoque de las paredes, la vajilla, los objetos de los muebles. Se escucharon gritos, el ruido inconfundible de los vidrios al romperse, las alarmas de los vehículos.

Paralizado, a medio camino entre la puerta del departamento y el descanso de la escalera, temblando, pude ver cómo caían los muebles en una vivienda del edificio de enfrente, y una mujer que se arrojaba al suelo, debajo de la mesa, mientras su biblioteca se venía abajo en cámara lenta. Después las luces parpadearon, y todo quedó en penumbras.

Desde el séptimo piso, cuenta un vecino, se podía ver cómo estallaban los transformadores eléctricos a la distancia: “Era de película, ¿cachai?”, dice. Y otro, del mismo piso, vuelve a las analogías cinematográficas: “Me hizo acordar a Titanic”, dice.

Se calcula que el sismo duró aproximadamente un minuto y medio. En su pico de violencia, un vecino que bajaba corriendo las escaleras se arrojó directamente desde el segundo piso de nuestro edificio a causa del miedo. Ahora sostiene un cigarrillo con mano temblorosa, y pide fuego. Apenas se lastimó una pierna, pero tiene la mirada esquiva, los ojos vidriosos. Alguien le ofrece fuego, también con mano temblorosa.

Todos temblamos. Reunidos en la puerta del edificio, tratamos de escuchar las primeras novedades a través de una radio portátil. Nadie quiere volver a su departamento. Los que tienen autos los retiran de las cocheras y los dejan estacionados en las veredas, con las luces de baliza encendidas. La escena se repite a lo largo de avenida El Bosque: los grupos de vecinos a medio vestir delante de los edificios, las radios encendidas, las luces titilantes de los coches, los rostros pálidos, iluminados apenas por las luces de las linternas y de los teléfonos móviles.

La mayoría trata de comunicarse infructuosamente a través de los celulares. Una madre uruguaya se queda pegada a la radio a la espera de novedades sobre Viña del Mar: su hija estaba allí, en el festival, escuchando a Ricardo Arjona. Alguien le dice que la gente huyó a Valparaíso, a los cerros, por miedo a un tsunami.

Algunos tratan de usar el teléfono del edificio. Otros empiezan a preguntar si todos cerraron el gas. En los pasillos huele a cable quemado, y el pánico vuelve al rostro de muchos. No hay luz, no hay agua, y ahora tampoco hay gas: le piden al conserje que cierre la llave de paso del edificio para evitar fugas.

Después de las cinco, algunos se animan a subir por unos minutos a sus viviendas para comprobar el estado de las cosas, para buscar algunas pertenencias. Aparecen bebidas y frazadas en la recepción. El tráfico de las calles disminuye, las comunicaciones empiezan a funcionar lentamente, los vecinos se cuentan unos a otros sus experiencias.

Hay quienes hablan por primera vez esta noche. Hay quienes directamente suben a sus coches y se van, quién sabe adónde. Según sus rostros, ellos tampoco saben.

Antes del amanecer tardío, un hombre pasa en bicicleta por la puerta del edificio y vocea: “Lo peor ya pasó, lo peor ya pasó”. Algunos le sonríen, pero nadie está convencido de que eso sea exacto. Hay ciudades que siguen incomunicadas, el edificio sigue sin luz y sin agua, y las luces de la mañana traen las primeras imágenes crudas de la catástrofe. En los medios, las cifras de las víctimas fatales siguen aumentando a lo largo del día que será exasperantemente largo y triste.