Viernes 11 de Diciembre de 2015
Mauricio Macri entendió que su triunfo del 22 de noviembre fue más por cansancio contra un estilo de ejercer el poder que como desencadenante de una crisis económica. Ayer, en su discurso de asunción, apuntó a ubicarse como contraste, al menos en lo discursivo y en lo gestual, del gobierno que se fue tras haber sido derrotado en las urnas.
El nuevo presidente optó por un estilo de oratoria casi zen, marcadamente slow, que no sólo se contrapuso con el último discurso de Cristina Fernández, de pocas horas antes, sino con toda una liturgia que cobró dimensión desmesurada desde que la ex mandataria impuso como norte el "vamos por todo".
Además de las diferencias de estilo, que en cualquier otra coyuntura podrían resultar una nimiedad, Macri propuso elementos diferenciadores más terrenales, aunque sin corporizarlos en medidas de acción concreta. Eso se empezará a blanquear cuando se reúna, entre hoy y mañana, con los ex candidatos presidenciales y los gobernadores.
Sí pivoteó sobre tres ejes: pobreza cero, lucha contra con el narcotráfico y combate a la corrupción. Esos puntales discursivos blanqueados como prioridad son bien recibidos en todos los votantes de Macri: los propios y los prestados. Y en esa dirección fue su discurso ante la Asamblea Legislativa.
En cada ítem, el flamante jefe del Estado intentó desmarcarse y ponerse como figura de contraste al gobierno kirchnerista que se fue, aun sin nombrar ni una sola vez a la presidenta saliente, en viaje a Santa Cruz. "El autoritarismo no es una idea distinta, es el intento de limitar la libertad de las ideas y de las personas", sintetizó con 21 palabras.
Ayer empezó otra historia en la Argentina, habrá que esperar para saber si es mejor o peor que la que se terminó, pero definitivamente se trata de una etapa distinta. Lo dijo con sus formas el ex presidente Eduardo Duhalde a la salida de la ceremonia en la Asamblea Legislativa: "El PRO es el partido del siglo XXI, es algo nuevo". Habrá una nueva manera de gestionar y una nueva forma de comunicar. Es lo que quedó clarísimo en las piezas oratorias y las puestas en escena del primer día de mandato macrista.
Macri intentó en su primer discurso como presidente ir hacia adelante más que quedarse refunfuñando por la herencia que deja el kirchnerismo, que no será de fácil resolución si no logra desactivar las bombas semiescondidas.
Sabe que el escenario de casi dos mitades en que quedó convertido el mapa electoral lo desafía a seguir construyendo legitimidad y que tal vez no gozará de esos 4 meses de luna de miel que la sociedad argentina le ha regalado a otros presidentes. Y no será tarea fácil.
Con sus altas y bajas, sus intensidades y grises, sus éxitos y desvaríos, el kirchnerismo deja una impronta y desmontarla llevará tiempo y necesitará esfuerzos mayúsculos de la gestión de Cambiemos.
En ese sentido Macri tiró algunas líneas de acción: Justicia independiente para investigar hechos de corrupción, sin jueces militantes. Fue el tramo más aplaudido. Es un debate incipiente en la mesa ultrachica del presidente de la Nación: ¿se acicatea la movilidad de cientos de denuncias sobre referentes que estuvieron en el gobierno kirchnerista hasta el 9 de diciembre o se deja todo librado a la buena voluntad de los neblinosos jueces federales? El auditorio, ayer, pareció inclinarse por la primera opción.
Sabe Macri, o debería saber, que la desconfianza que se posa sobre él de no pocos sectores también obedece a que es el primer presidente no peronista ni radical en más de un siglo de práctica política en el país. Atento a eso, nadie le va a regalar nada, más allá de que la UCR hoy comparta espacios de poder.
Por eso será clave la articulación que el líder del PRO intente hacer con el peronismo o, mejor dicho, con los peronistas. Hoy el peronismo es un inmenso rompecabezas para armar.
En ese sector de la oposición los mensajes han sido diferentes. Cristina se fue del gobierno atacando por todos los flancos al sucesor y ordenando a los diputados del Frente para la Victoria que no concurran a la asunción, aunque esa orden no escrita fue resistida por algunos legisladores y ni siquiera escuchada por varios senadores. Habrá que esperar unos días para saber si se rompe ese bloque que, hasta diciembre, se mostró unido a regañadientes pero sin demasiadas fisuras.
Son tareas a futuro. Lo cierto es que empieza otra historia.