Una historia conocida
La historia es conocida: un escorpión le pide a una rana que lo lleve en su lomo para ayudarlo a cruzar un río. En la mitad del trayecto el escorpión pica y mata a la rana; antes de morir ésta le dice: ¿Por qué haces esto a quien te ha ayudado? Y el escorpión le responde porque está en mi naturaleza.

Sábado 25 de Junio de 2011

La historia es conocida: un escorpión le pide a una rana que lo lleve en su lomo para ayudarlo a cruzar un río. En la mitad del trayecto el escorpión pica y mata a la rana; antes de morir ésta le dice: ¿Por qué haces esto a quien te ha ayudado? Y el escorpión le responde porque está en mi naturaleza. No obstante esta fábula creo que la traición es escasa o nula en los animales irracionales. Yo diría que en general suele estar con más frecuencia en la naturaleza de algunos humanos racionales. Dicho esto debemos aclarar que esta actitud, despreciable por cierto, ha sido considerada con juicios dispares y calificativos cambiantes según el contexto y las épocas. La historia nos habla de personajes que han sido íconos de la traición, Judas o Bruto, por ejemplo. Con respecto a este último digamos que a ciertos romanos la traición no les disgustaba para algunas ocasiones pero aborrecían a los traidores dado que no daban la certeza de que no cometerían igual maldad contra quien se sirvió de él. Dante, en la Divina Comedia, describe los nueve círculos del infierno y manda a los traidores al noveno y último de ellos, dado que para él eran los pecadores más abyectos. Según sus escritos, Maquiavelo, tiempo después, justificó de algún modo a los traidores en la medida que sus fines justificaran los medios. Espías como Mata Hari, colaboradores franceses de los nazis o vendepatrias cipayos (abundantes en los países pobres) han sido también excelentes representantes de la traición como actitud voluntaria y execrable. La traición envuelve la idea de una entrega, de una deslealtad o de un quebrantamiento de la fe y la confianza, y cuando se trata de acciones que involucran a un país, la ley es claramente punitiva cuando habla de traición a la patria. El tango de los años treinta que por entonces era machista, asociaba a la traición con la infidelidad femenina, las mujeres traidoras merecían la muerte: “Señor, me traicionaron y los maté a los dos. Mi china fue malvada, mi amigo era un sotreta: mientras me fui a otro pago me basureó la infiel” (“A la luz del candil” de J. Navarrine). Ballesteros, otro compositor de la época, en su tango “Dicen que dicen” expresa: “…Y cuando quiso, justo el destino que la encontrara, como ahora a vos, trenzó sus manos en el cogote de aquella perra…como hago yo…”. En la actualidad algunos países tienen la pena de muerte por lapidación para aquellas mujeres que traicionan a sus maridos; en Argentina no somos tan extremistas, un beso apasionado en un automóvil de una esposa con un amigo no es algo muy condenable que digamos (¿o sí?). En los códigos del hampa los traidores son los “batidores” y estos no tienen perdón por parte de sus “victimas”. En política los traidores abundan, son los que minimizan el significado de la frase de Alem :“Que se rompa pero que no se doble”, son los que con un previo razonamiento de justificación como por ejemplo “el que avisa no traiciona” o “lo hago para cimentar consensos”, se cruzan de vereda o partido dejando en el cordón ideas, ideologías, convicciones o principios. Total, el barrendero del olvido pasa todos los días y elimina esas “antigüedades”. Pensemos por otra parte que si queremos personalizar este comportamiento cada uno de nosotros puede recurrir a la propia conciencia ya que allí encontraremos alguna traición que nos haya involucrado en forma activa o pasiva. Para finalizar digamos que aun sin hacer referencia al concepto en sí, la crónica de estos días nos habla de un personaje siniestro que traiciona a su madre adoptiva y la mata por segunda vez… Con este caso no hace falta comentar la historia del escorpión y la rana.
Omar Pérez Canton