Lunes 06 de Septiembre de 2010
Hace algunos días tuve la desagradable y traumática experiencia de ser asaltado en mi comercio. Jamás podré olvidar el revólver apuntando a mis ojos y el grito de “dame la plata o te mato”. Lo primero que vino a mi mente fueron Ana Clara y Juan Pablo, mis hijos. En ese momento pensé: “Dios, por favor, me necesitan". Fue un instante que se hizo eterno, un momento en que mi vida dependió de un individuo que decidiría si apretaba el gatillo o no, si me dejaba vivir o no. Hizo un disparo. Cuando tiró pensé que me había pegado, pero que no había sentido el impacto. Se me heló la sangre. Se llevó dinero, el dinero ganado trabajosamente durante todo el día. Pero cuando se fue no sólo se llevó dinero: me dejó un miedo permanente, el miedo de que me vuelva a pasar. Ahora descubrí lo que es la “sensación de inseguridad” de la que hablan los políticos. Es tanta la angustia y la desesperanza. Me di cuenta de que el Estado que nos proteje y que mi vida depende de un individuo que decide si apretará o no el gatillo.
Alejandro Chiummiento,
alerosario@hotmail.es