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"Una epopeya para mantener viva la llama de Perón y Evita"

Exactamente sobre una de las paredes externas del bar situado en la esquina de 27 de Febrero y Ovidio Lagos, junto a su entrada, hay una placa de mármol que suele convocar la mirada de los ocasionales caminantes y de los parroquianos que ocupan las mesas sobre la vereda.

Miércoles 17 de Octubre de 2012

Exactamente sobre una de las paredes externas del bar situado en la esquina de 27 de Febrero y Ovidio Lagos, junto a su entrada, hay una placa de mármol que suele convocar la mirada de los ocasionales caminantes y de los parroquianos que ocupan las mesas sobre la vereda.

En esa placa puede leerse, textualmente: "1955-24 de septiembre-2005. El 16 de septiembre de 1955, el Pueblo Rosarino salió a las calles, en toda la ciudad, contra el golpe antipopular. En esta esquina se libró, el 24 de septiembre, una batalla heroica. Concejo Municipal de Rosario".

Uno de los principales protagonistas de esa «batalla heroica» se llama José Mármol, un rosarino nacido el 25 de mayo de 1936. La fecha de su llegada al mundo aparece haberlo predestinado a protagonizar una de las páginas más heroicas de la clase trabajadora argentina: la Resistencia Peronista.

La agitada vida de Mármol recorre, como una gran parábola, prácticamente toda la historia del movimiento fundado en los años 40 por Juan Domingo Perón, con todas sus luces y sus sombras.

En diálogo con La Capital, el mítico dirigente de base peronista definió con gran justeza la heroica gesta del pueblo tras el sangriento levantamiento militar de septiembre de 1955, con su secuela de muerte y destrucción, que aún hoy divide a la sociedad argentina: "La Resistencia Peronista fue una epopeya para mantener viva la llama de Perón y Evita".

—¿Cómo se produce su incorporación en las filas del movimiento peronista?

—En forma consciente, fue en 1950, cuando levantaron las vías del ferrocarril y desaparece la Administración de Puertos en Riobamba y Beruti, que era donde yo había nacido y vivía. Mi padre y mi madre eran guardabarreras. De allí los trasladan a las vías del Mitre, en el cabín de Rueda y Vera Mujica. Por allí pasaban directamente de Rosario Norte y Rosario Central los trenes que unían con Buenos Aires. Allí yo tenía 14 años y ya colaboraba con una unidad básica de Laprida 1125, que lideraban un diputado nacional, Antonio Pirani, y su hermano Daniel.

—¿En qué consistía esa temprana militancia?

—Salíamos a hacer pintadas callejeras con tiza y carbón, esas herramientas de expresión popular tan usadas en la época. Tengo bien presentes también recuerdos del 17 de octubre de 1945.

—¿Cómo se vivió esa jornada en Rosario?

—La ciudad estaba muy movilizada. Yo tenía nueve años, pero era muy despierto. Como mi padre tenía los pasajes gratis por ser trabajador del Ferrocarril, estuve a punto de «colarme» para viajar a Buenos Aires con un grupo que militaba en la básica de mi barrio.

—Obviamente, siguió su militancia ya con Perón ocupando el poder...

—En forma más plena. El triunfo de Perón, el 24 de febrero de 1946, se plasma por una diferencia de más de 200 mil votos. Y yo siempre me pregunto, ante aquella famosa disyuntiva que se dio entre «Braden o Perón», ¿qué hubiera pasado si Perón hubiera perdido en las urnas? Hubiéramos estado sometidos totalmente, y hoy seríamos una colonia. A Perón le debemos, a partir del 27 de febrero de 1947, los Derechos del Trabajador. También el voto femenino, un proyecto de ley de Evita que se sancionó el 23 de septiembre del 47, en medio de una concentración de mujeres que gritaban: "¡Sin corpiño y sin calzón, somos todas de Perón!", algo verdaderamente apoteótico. También la sanción de la nueva Constitución, en marzo de 1949.

—¿En qué momento se inserta en la producción?

—Más allá de que ayudé siempre a mis padres desde chico vendiendo diarios y pan casero que mi madre horneaba, mi primer trabajo estable fue como obrero de la Municipalidad, en la Dirección de Parques y Paseos. Allí estaba cuando me hirieron con 19 años, en septiembre de 1955, en la «Revolución Fusiladora».

—¿Cuándo comenzó la percepción de que el gobierno peronista entraba en una zona de conflicto?

—Fue a partir de la enfermedad y muerte de la compañera Evita. Desde fines de 1954, se veía que todo se derrumbaba. La situación internacional influía mucho en esto, con la baja en los precios de los cereales.

—El desenlace se precipitó tras el bombardeo a la Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955...

—Sí. Entre el bombardeo de junio (el primer caso de terrorismo de Estado) y el 16 de septiembre del 55, día del levantamiento del general (R) Eduardo Lonardi en Córdoba, el golpe ya se respiraba en el aire.

—¿Cómo se dieron los hechos en nuestra ciudad?

—Los golpistas tenían planeado que Rosario debía ser la cabeza del levantamiento, porque suponían que el pueblo iba a salir a la calle y había que silenciarlo. Pero el Regimiento 11 de Infantería de nuestra ciudad se negó a reprimir. A partir del 16 de septiembre, los compañeros íbamos y veníamos en reuniones permanentes, con activistas de la zona Norte, donde lideraba Rodolfo «Colorado» Di Marco; con Héctor Quagliaro (ATE) y Ricardo Peixoto (Empleados de Comercio), y con Villa Manuelita, donde militaban muchos compañeros. En el cruce de la vía con Vera Mujica, que conectaba con Buenos Aires, habíamos hecho una barricada con durmientes sueltos cortando las vías. Esto lo hicimos porque ya se sabía que iban a traer tropas de Monte Caseros (Corrientes) para reprimir en Rosario. También obstruimos el cabín de la trocha angosta del Belgrano que iba al puerto, en la estación de 27 de Febrero y Juan Manuel de Rosas, y el ramal que unía con Buenos Aires. Estaba todo cortado. Y a la vez habíamos bloqueado con una barricada en la intersección de Ovidio Lagos y 27 de Febrero la única salida en esos años hacia la ruta a Buenos Aires (Lagos-Arijón-Ayacucho).

—¿En qué circunstancias resultó herido?

—El día 24 de septiembre, cerca del mediodía, nos arrojaban bombas de tiempo desde helicópteros. A las 11.30, pasó un camión con soldados del 11 de Infantería, a los que trasladaban castigados a Córdoba por haberse negado a reprimir al pueblo. Uno de esos soldados, Juan Carlos Biaggioli, que me conocía, me dijo: "¡Negro, váyanse que vienen del Regimiento de Monte Caseros con orden de matar!". Y efectivamente fue así. Alrededor de las cuatro de la tarde, las tropas venían por Ovidio Lagos (desde Rosario norte hacia el sur), tirando desde un camión. Yo había puesto a la mañana, en una columna de la esquina de Ovidio Lagos y 27 de Febrero (donde hoy están la Farmacia Kennedy y un bar), los estandartes de Perón y de Evita, grandes, justo donde paraba el tranvía 15. Entonces, volví a subirme a la escalera, me envolví con una bandera argentina y los esperé gritando: "¡Viva Perón, carajo; la puta que los parió!". Me dispararon un balazo en el hombro derecho, cerca del cuello, y quedé tendido en la vereda. Cuando me quise levantar, vino un oficial y me dio un culatazo con su fusil, que me destrozó el riñón derecho. Todo esto fue presenciado por mi esposa, que estaba en una peluquería situada en la misma esquina, donde hoy está la estación de servicio YPF. Unas cuadras más hacia el sur, en el sitio que ocupa hoy el Fonavi, en Lagos y Garay, mataron a la hija de un cuidador de caballos, Juan Copé, que aún no tenía 15 años.

—¿Qué pasó después?

—Cuando caí, al mismo tiempo las tropas hicieron una redada en el Estadio Municipal, donde se habían escondido muchos compañeros. Los detuvieron y los subieron al camión. Al ver que estaba gravemente herido, los soldados les ordenaron a mis compañeros que me subieran a la caja del camión, y quedé allí tirado, como una bolsa de papas. De mi herida en el hombro manaba mucha sangre. De allí fuimos por 27 de Febrero hasta Oroño, en que doblamos hacia el Comando que estaba en Córdoba y Moreno. En Oroño y Rioja, quedamos bajo el fuego de francotiradores enrolados en los comandos civiles. En Córdoba y Alvear, donde estaban el «Colorado» Di Marco y otros militantes, los francotiradores mataron a un compañero. Al llegar al Comando, me vino a examinar un oficial y cuando se me arrimó le escupí la cara. Me dio un puñetazo y ordenó mi traslado a la Asistencia Pública, en Rioja y Balcarce. Allí quedé internado e incomunicado. En mi casa creían que había muerto y recién se enteraron acerca de mi suerte a fines de noviembre, dos meses después, en que me blanquearon y pasaron al Hospital Español. Me operaron y me recuperé muy trabajosamente.

—¿Cómo definiría a la Resistencia Peronista?

—La Resistencia Peronista fue una epopeya para mantener viva la llama de Perón y Evita. Era el legado que nos habían dejado nuestros máximos líderes.

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