Lunes 09 de Agosto de 2010
No quedan dudas de que el asesinato de Ricardo Gauto, ocurrido el martes pasado en Uriburu al
100, fue un ajuste de cuentas. Es más, el ataque hasta incluyó un disparo de gracia en la cabeza
con una pistola calibre 11.25, como si eso hubiera hecho falta para emitir un mensaje claro y de
estilo mafioso.
El crimen ocurrió al mediodía, en una zona de tránsito constante y donde
en una cuadra confluyen una decena de lavaderos de autos. Pero nadie vio nada. Seis días después de
ese homicidio no existe en la causa un testimonio que guíe a los pesquisas. Silencio de radio para
la Justicia y una usina de rumores entre los vecinos de la víctima.
El último asesinato que tuvo como escenario una calle de barrio La
Tablada, en un sector conocido como La Bajada, fue de una violencia desmedida. Sólo entendida en el
submundo del hampa como un crimen con mensaje. Y más específicamente en el mundo narco, donde ese
mensaje debe ser claro tanto para los propios como para los extraños.
Gauto, un ex recluso de 33 años, iba en una moto con su pareja por
Uriburu al 100 cuando fue emboscado por dos automovilistas que lo hicieron caer del rodado, bajaron
y lo ejecutaron de siete tiros.
Las fuentes allegadas a la investigación definieron a Gauto, al que
también se lo conocía como Richard, como “un cañero”, es decir, un maleante que comete
delitos empuñando un arma de fuego. Despojados de todo sentimentalismo, voceros policiales
explicaron que a la víctima “no le importaba nada. Si tenía que meterte un caño lo hacía. Y
si tenía que mejicanear a un narco lo hacía sin que le temblara la pera”. Esta explicación se
ajusta más al escenario de la ejecución.
Pero el mensaje que conlleva el crimen de Gauto no es unilateral. No
sólo va dirigido para los que caminan por los arrabales del hampa. Hacia el resto de la sociedad
señala que hay dos matones capaces de asesinar a sangre fría, delante de una veintena de testigos,
con armas de guerra. Y uno de ellos tiene el temple para darle un disparo de gracia en la cabeza
con una pistola 11.25.
Datos del pasado. Richard vivía en un departamento del núcleo 13 de las torres que
se levantan en Hipócrates y Lola Mora. En ese barrio se pudo reconstruir que Gauto era un gran
jugador de fútbol que no llegó a buen puerto porque lo ganó la cancha del hampa.
Su prontuario se abre en 2000 y desde entonces todos los delitos que le
asignaron fueron cometidos con un arma de fuego. Robo calificado, tentativa de robo, lesiones
graves y una condena del juzgado de Sentencia 4ª a cinco años y seis meses de prisión en 2003.
También pesaba sobre él una orden de captura emitida por el juzgado de
Ejecución Penal de Coronda en 2006, pero los pesquisas no tienen claro si estaba activa, ya que en
abril de 2009 sumó un antecedente de lesiones graves y no fue reclamado por ese tribunal. Las
fuentes también indicaron que estuvo ligado al desaparecido líder de la barra brava de
Newell’s Old Boys, Roberto Pimpi Camino, afincado muy cerca de donde vivía Gauto.
Dos facciones. Algunos vecinos y los investigadores coinciden en que desde
hace unas semanas las calles del lugar son escenario de balaceras entre dos conocidos de la zona
(ver aparte). Y que el crimen de Gauto estaría emparentado con esa pelea. “Ahora el área de
conflicto, en lo que se denomina como Tablada, está dado por las torres que están por Lola Mora
entre Ayacucho y Grandoli”, graficó una fuente.
En ese contexto, una línea de la investigación baraja como hipótesis que
“el homicidio de Gauto es típicamente narco. Hasta le pegaron un tiro de gracia en la cabeza.
Sólo en el mundo de las drogas se puede dar un mensaje tan concreto. Si bien este hombre no era un
tipo ligado a los narcos, en los últimos tiempo se había vinculado a personajes que están en ese
tema porque es lo que más dinero deja. Lo que no podemos saber es si su asesinato es en el marco de
una deuda, una mejicaneada o una pelea entre facciones”, indicó el vocero.
Sea cual sea el motivo, nadie se anima a hablar oficialmente del
tema.