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Una efectiva parodia sobre la aceptación

"El placard" desembarcó en el Astengo con una propuesta en la que se denuncia la discriminación en clave de humor.

Lunes 14 de Abril de 2014

El hombre camina con culpa, pide permiso para todo. Se queda afuera de la foto anual de la empresa que lo contrata desde hace años. Como una acción coreográfica, todo el personal de una empresa productora de preservativos sube y baja para el esperado momento inmortal del año. El hombrecito descubre, en la acústica confidencial del baño, que el señor Bermúdez, el jefe de recursos humanos, está a punto de despedirlo de la empresa. Allí, a este tímido contador le espera la quiebra, el mundo se le empieza a hacer más chiquitito y desesperado.

Dicho de esta manera, el comienzo de "El placard" puede sonar trágico. Pero si se retoma la película francesa que en 2001 dirigió Francis Veber, encontramos una "comedia inteligente" que desarticula situaciones complejas para convertirlas en un eficaz entretenimiento. En el verano, la versión teatral de "El placard", dirigida por Lía Jelin ("Toc toc") ,estuvo en el top five de las obras más vistas en la Costa y ahora, en gira nacional, desembarca en Rosario.

Resulta que a Francisco Piñón, desesperado por su inminente despido, el destino lo cruza con el sr. Galván, su vecino, quien le recomienda que se haga pasar por gay para que la empresa no lo despida, frente a un acto de discriminación.

De entrada, la obra plantea una simulación, y el límite que puede llegar a tener una mentira piadosa. El asunto es cómo Piñón (Diego Peretti) sostiene la falacia. En el camino, las inesperadas reacciones del homofóbico Bermúdez (Alejandro Awada), las premiaciones del presidente de la empresa y la seducción descontrolada de su jefa directa (Valeria Lorca), sumado a los rumores que circulan de una oficina a otra acerca de los comportamientos liberados de Piñón, se combinan en un cocktail ideal para el enredo y el humor.

Tolerancia, aceptación, discriminación, acoso, precarización laboral, difamaciones y rumores se articulan a través del eje de la sexualidad, conformando una comedia liviana con un tono más expresivo y excéntrico que el de la versión en cine.

Casi como un vodevil, como una comedia de puertas, la obra se consolida en la gran eficacia de su guión, en la potencia de las buenas actuaciones y en una producción sofisticada de Lino Patalano. La dupla de Peretti y Awada tiene momentos de gran comicidad y es lo mejor de la obra, con un ritmo vertiginoso.

Más que una reivindicación de las libertades individuales en cuanto a la aceptación de la sexualidad y de sus repercusiones en los diferentes entornos, la obra (que suma nuevas funciones el viernes y sábado en el Astengo) apunta al trabajo sobre la farsa, sobre la máscara y logra parodiar esos recursos que la sociedad tiene para simular aquello que no logra digerir.

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