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Una clásico que vuelve a brillar

La flamante Comedia Municipal de Teatro “Norberto Campos” eligió “Relojero”, de Armando Discépolo, para inaugurar su actividad en el teatro La Comedia.

Domingo 13 de Octubre de 2013

La flamante Comedia Municipal de Teatro “Norberto Campos” eligió “Relojero”, de Armando Discépolo, para inaugurar su actividad en el teatro La Comedia. Se trata de un texto que permite varias lecturas y, como todo clásico, continúa vigente.
  El director Raúl “Quico” Saggini transmite con precisión la complejidad de las relaciones que aborda la pieza, que giran en torno a una familia de principios de los ’30 en medio de una crisis profunda, tal vez como reflejo de aquella Década infame.
  Armando Discépolo dejó de escribir en 1934, luego de “Relojero”, porque dijo que ya lo había dicho todo. Efectivamente, el texto resulta una suerte de conclusión de las reflexiones que el autor expuso desde el grotesco en obras como “Mateo”, “Stefano” o “El organito”.

   “La locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes”. La frase popular resuena como un eco en las razones de la vigencia de esta obra, y es que ninguno de los miembros de esa familia está conforme con su vida, pese a haber cumplido generación tras generación con lo que se supone es su deber. En “Relojero” los personajes intentarán romper el círculo, ya se verá con qué resultados.

   Un elenco de jóvenes actores elegidos por concurso encarnan a los hijos del relojero. El protagónico está a cargo de Norberto Gallina, quien administra las palabras y los silencios, las reflexiones y las bromas de su personaje, Daniel, con la precisión del oficio de su personaje.

   Su conmovedora composición encuentra especial reciprocidad en la intensa relación con uno de los hijos, Andrés, a cargo de Diego Leiser, así como con la hija, interpretada por Victoria Faerman.

   Daniel y su mujer Irene (Susana Kreig) educaron a su familia de acuerdo a los principios heredados, y la decencia, mencionada varias veces a lo largo del texto, encabeza la lista. A esa decencia -aun con objeciones- adscriben el obediente Andrés, heredero de su taller, y Nené, la “artista” de la familia e intelectualmente inquieta.

   También lo hacen Irene, dedicada a su familia y en crisis por una religiosidad que considera insuficiente, y su hermano Bautista, un muy adecuado Christian Valci en el personaje de un comerciante, impulsor de efectivas ráfagas de humor.
  Pero un tercer hijo, Lito, introduce la novedad de pensar distinto y lo manifiesta. El desarrolló un cinismo sofisticado, capaz de dinamitar con sus razonamientos las certezas de generaciones precedentes, lo dice claramente y es el único que no sufre por romper el molde.

   Este personaje arrogante que se refiere a los conflictos personales como “problemas de cucarachas”, complementa un panorama de tipologías humanas marcadas con claridad por el director y bien interpretadas por los actores.

   Sin embargo, Discépolo no es complaciente con el bando de los “buenos” y parece preguntarse si efectivamente lo son o si lo son porque esperan la aprobación de los otros. Es el caso de Andrés, alguien que hoy se definiría como políticamente correcto, pero que a pesar de todo, no estará libre de sentirse estafado. Pero tampoco lo es con quienes saltan el cerco, como la hija. Sobre ella, con un matiz conservador, pesan las consecuencias más severas de la decisión de buscar un camino alternativo al de sus padres. Esos extremos están allí para interrogar sobre temas como la moral, la decencia o el deber, que, a pesar de todo y afortunadamente, resisten el paso del tiempo.

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