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Una canción de ansiedad y política

El primer capítulo de la cuarta temporada de Game of Thrones se estrenó el domingo pasado a las 10 PM hora argentina. Sesenta minutos después términos como "GoT" o "Khaleesi" cubrieron...

Viernes 11 de Abril de 2014

El primer capítulo de la cuarta temporada de Game of Thrones se estrenó el domingo pasado a las 10 PM hora argentina. Sesenta minutos después términos como "GoT" o "Khaleesi" cubrieron las redes sociales en todo el mundo. El "período de ventana" entre el final de un episodio y los primeros trending topics es un período de tiempo cada vez más corto. Cuando en febrero Netflix estrenó la segunda temporada de House of Cards, algunos se sorprendieron al ver que una serie exclusiva de internet, disponible sin restricciones de tiempo y espacio, hubiera generado tal fanatismo que los usuarios contaban los minutos y consumían los trece episodios de un saque, como una larga línea de droga informática, para luego encerrarse a tuitear. Si internet y los torrents habían modificado el consumo de televisión y decretado el fin de la programación -las series se ven cuando yo quiero-, ahora la ansiedad y la "conversación social" parecen actuar como los nuevos gerentes de programación de esta era: ya no podemos esperar. Hay que venir, ver y comentar.

Internet nos ayudó a cambiar las formas de distribución y consumo de contenidos audiovisuales. Pero la "máquina" -como en toda utopía tecnológica-, no tardó en adquirir conciencia. Hoy consumimos en los lapsos y en las formas de la "internet social"; somos un espectador colectivo hecho a base de clics y palabras que definen contenidos, estrategias y espacios de pertenencia. Game of Thrones y House of Cards, en ese sentido, son dos de los más interesantes exponentes de este tiempo. Hacemos de cada capítulo una herramienta de integración; nuestro miedo al spoiler -esa gran sensación de inseguridad digital- no es siempre el miedo a arruinar una historia: es a veces el terror a una cierta forma de segregación.

Lo que hace interesante a Game of Thrones, por lo demás, es que no es una falla: le sobran credenciales para validar su éxito y generar todo esto: lecturas, comentarios, fanatismos. Es notable en la producción, el casting, la adaptación y sobretodo -porque justifica todo lo anterior-, en la relevancia que le asigna a la historia por encima de cualquier otra variable. En eso me recuerda un poco a The Wire, tal vez la más grande obra que haya dado Occidente en el siglo XXI. Emitida entre 2002 y 2008, The Wire es una experiencia -también realizada por HBO- donde el crimen, la burocracia, el mercado o la psicología social se ubican por encima de los nombres propios que los motorizan. Game of Thrones es literal en ese objetivo: el poder y la ambición son los protagonistas de una historia movida por peones. No nos está permitido encariñarnos demasiado con ningún personaje.

Y ahí aparece esa otra gran generadora de menciones y afinidades de la serie: su lectura "política". Es verdad que ver en castillos, dragones y zombies medievales una representación posible de la arena política local, suena un poco a manía argentina, y tal vez lo sea, aunque el poder, las intrigas y la lucha por el trono sean parte constitutiva del universo de la serie. La pregunta sería: ¿hasta qué punto esa fantasía de guerras y tensiones creada por George R.R. Martin se parece más a eso que entendemos por "política", que la representación palaciega que House of Cards hace de aquello real que no vemos? La rosca y la hiperrealidad contra las batallas, los estandartes, los liderazgos y la épica sobrenatural: podemos poner cualquier rostro ahí.

Parte de la popularidad local de Game of Thrones viene arrastrada por otro de los grandes murmullos de esta época: la cultura política y militante. A mediados del año pasado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner confesó en Twitter su fanatismo por la serie y reveló con astucia que su personaje favorito era "la Madre de Dragones". Hoy muchos ven Game of Thrones con el sobreimpreso de la coyuntura: aparecen páginas como "Game of Thrones argento", mientras jóvenes y no tan jóvenes, en sus trabajos, en sus locales, en sus oficinas públicas y en sus grupos de Whatsapp, viralizan la foto de la Khaleesi y aprovechan el horario de almuerzo para debatir el destino de Daario Naharis con un compañero que la última serie que vio antes de Game of Thrones fue Alf. Un fandom para todos.

Obama, el líder del mundo selfie, lo sabe. Internet, las series, esa vidriera geek es un territorio, un distrito dinámico que define un lenguaje, una lectura de la realidad y una aspiración identitaria. La política no se podía quedar afuera pero a la vez sabe que entrar es un desafío: tiene que aprender el idioma. Obama le dio impulso vital a su reforma de salud con una entrevista web con el actor Zach Galifianakis; por Twitter pidió que no le "spoileen" House of Cards aunque hubiera recibido en manos de los productores una copia adelantada de la serie. La ciberutopía venía a barrer las mediaciones hacia arriba, la red nos permitiría horadar el negro caparazón del poder para acceder a la verdad. Hoy el poder se sienta con nosotros a comentar el último capítulo de una serie.

Como aparato de lectura de su tiempo, Game of Thrones es un producto que, como dice Homero, funciona en muchos niveles. La decisión de HBO Latinoamérica de emitir los capítulos en simultáneo con los Estados Unidos -como ya lo hizo con otras series como True Detective- es una respuesta correcta. Que HBO GO, su plataforma de streaming, se haya vuelto a caer por la fuerte demanda de los usuarios, subraya también el rol contradictorio y recesivo que la señal ostenta en estos tiempos de exigencias. Esa misma demanda, paradójicamente, es fundamental para sostener las redes de BitTorrent: mientras más gente descarga un archivo, más rápido lo pueden bajar los que vienen detrás. Según TorrentFreak, sólo en las primeras horas del lunes, casi medio millón de usuarios habían descargado y compartido el primer capítulo de esta cuarta temporada que acaba de estrenarse. Gracias a la red, Game of Thrones va camino a convertirse, otra vez, en la serie más vista del año. El exceso de demanda, antes que un desequilibro, parece el motor que empuja la economía simbólica y material de internet.

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