Miércoles 26 de Septiembre de 2012
Presentada con la suficiente astucia como para confundir a la oposición y a los medios, la discusión acerca de la idoneidad, responsabilidad, oportunidad y, madurez de los menores para votar no sólo es baladí, sino —lo que es peor— que se trata de otra cortina de humo para escamotear el tema central: la degradación hasta la nulidad del sistema democrático y su bastarda instrumentación. Porque ¿qué diferencia de fondo hay entre el voto de un menor de 16 años, supuestamente inepto, y los millones de votos de adultos vendidos por un plan, un bolsón o un abanico de dádivas costeadas todas por el erario público y al sólo efecto de perpetuarse en el poder? Ninguna. Y sobre esa "aplastante mayoría de voluntades democráticamente expresadas" ejercen un poder dictatorial y se burlan a diario de la democracia burlándose de la división de poderes, del federalismo, de la alternancia en el gobierno, del cumplimiento de las leyes y los dictámenes de la Justicia, de lo pernicioso del nepotismo, de la Constitución, de los controles sobre el poder. Tanto los millones de votos cautivos como los de menores —o cualesquiera otros futuros— forman así parte de un sistema perverso de apropiación y sostenimiento de un poder despótico que, de la mano de la corrupción moral en todos los niveles sociales y culturales, más una extraordinaria coyuntura económica, ha hecho innecesaria la coerción de Fuerzas Armadas. Rehacer las raíces culturales y espirituales de la Nación, cumplir las leyes, respetar la Constitución, restaurar la democracia, es el camino inmediato. No podemos ni debemos errarle.
Arturo M. Arroyo,
DNI. 8.099.011