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Una apuesta al costado festivo del rock & roll

Coki y sus Killer Burritos demostraron en un show en Pugliese que están en su mejor momento artístico. La banda sonó versátil y aplomada.  

Martes 02 de Abril de 2013

El recital que Coki y sus Killer Burritos ofrecieron el viernes pasado en Pugliese fue lo más parecido a un viaje espacio-temporal. De golpe, con los ojos cerrados, era posible volver a 1975, a un pub londinense lleno de humo y pintas de cerveza, en el apogeo del pub rock, esa suerte de “no género” al que suele señalarse como antecesor del punk inglés, por oponerle a una época marcada por la sofisticación helada del rock sinfónico un poco del hedonismo y diversión del rythm and blues y un toque de la adrenalina acelerada del mejor rock de los 50.

Acompañado por un cuarteto ajustadísimo, Coki mostró que está en su mejor momento artístico. Si la formación anterior de los Killer Burritos, la que grabó “Perdida” (2007), repartía rock duro y distorsión a cuatro manos, la actual, que integran Eloy Quintana (bajo), Franco Mascotti (guitarra), Martín Rougier (teclados) y Tito Barrera (batería) suena más relajada y profesional, más pendiente del clima de cada canción que de quemarse en un relámpago de furia cada cuatro compases.

Puede ser que Coki haya resignado un poco de lava eléctrica, pero lo cierto es que en esta etapa de su carrera sus canciones tienen más tiempo para respirar su esencia. Por otro lado, de la mitad del concierto en adelante, ya con la banda lanzada a velocidad crucero, la intensidad de la performance fue altísima. Por eso, también, Coki puede darle un descanso a su Fender amarilla (su única guitarra en más de veinte años de carrera) y agarrar la acústica para las excelentes “Loka” y “Yosequel”.

Cada seguidor de Coki tendrá su formación preferida de los Killer Burritos, pero la actual parece ser la más versátil y aplomada: la versión reggae de “Llueve en la ciudad” fue perfecta, el homenaje rítmico a Bo Diddley en “Un millón de dólares” le dio al tema una dinámica nueva y vital y “Linyera” sonó potente como pocas veces.
  
Melómano obsesivo. La actual es una época de artistas MP3. Un artista MP3 piensa que Chuck Berry y Elvis Presley son lo mismo y que suenan igual. Coki, ni hace falta aclararlo, conoce las diferencias entre Presley y Berry porque es un melómano obsesivo, un amante pasional de la historia del rock and roll. Su admiración por determinados artistas no responde a las modas ni a un enamoramiento superficial, sino a la empatía, a una coincidencia en la visión de lo que el arte y el rock deben ser.

¿A qué venía la referencia al pub rock? A que en este escalón de su carrera, a Coki se lo ve relajado y dispuesto a pasarla bien, a festejar cada encuentro con su público y recuperar un poco el costado festivo del rock and roll. Precisamente, en la contratapa de su reciente DVD, “Viva Rosario!”, está impresa la frase “De gritar ¡Viva!, de eso se trata todo?”, que sin ningún problema podría haber aparecido en los primeros discos de Eddie and The Hot Rods o en “Handsome” (1975), el debut y despedida de sus amadísimos Kilburn And The High Roads. Se dice por ahí que este año Coki entraría a estudios para registrar un nuevo disco. ¿Qué decir al respecto? ¡Viva!

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