Miércoles 26 de Marzo de 2014
Ya en otras oportunidades hemos advertido sobre cierta sobrevaluación de nuestra moneda y sus efectos. (La Capital 02-11-2011 y 03-12-2012). En la nota de opinión del 02/11/2011 señalábamos que la estructura productiva de nuestro país hacía que el tipo de cambio al cual se equilibran nuestras exportaciones y nuestras importaciones (sin cepo ni restricciones) era más bajo que el necesario para el equilibrio de exportaciones e importaciones industriales, y que así y todo había una preferencia en aquel tiempo a ahorrar en moneda extranjera, por lo que se percibía (percepción = subjetividad) que el valor de la divisa internacional estaba por debajo del tipo de cambio de equilibrio comercial. Si no fuera así podríamos concluir que los agentes económicos eran tontos y preferían un bien que lo consideraban caro y luego iba a disminuir su precio. Queda claro que a la luz de la evolución de la variable en cuestión, los agentes económicos no eran tontos, y su percepción era acertada.
En la nota de opinión del 3/12/2012 hacíamos un balance de lo sucedido en el tiempo transcurrido entre la primera nota y la citada fecha, balance con resultado negativo dado que concluíamos que se seguía apreciando la moneda, subía la inflación, caían las reservas, se dificultaban exportaciones que hubiesen aportado divisas altamente necesarias, escaseaban productos importados de suma necesidad, y se profundizaban distorsiones en los precios relativos y en la situación fiscal. Dábamos cuenta sobre la inconveniencia de profundizar la sobrevaluación de nuestra moneda, puntualizamos sobre la relación entre productividad general de la economía y tipo de cambio, y advertíamos también sobre los graves perjuicio a los que se sometía al sector productor de transables y a las economías regionales.
En los hechos, la necesaria aceleración de la tasa de devaluación a la que hemos asistido en el mes de enero pasado nos viene a dar la razón sobre cada una de nuestras advertencias y apreciaciones. No obstante si bien es una corrección, quizás por debajo de lo necesario, nuestras autoridades deben convencerse de la necesidad de austeridad fiscal para evitar déficits financiados con emisión monetaria que alimenten el proceso inflacionario y evitar a toda costa la apreciación de nuestra moneda, lo que operaría como una verdadera guillotina para el sector transables, lo que a la vez traería aparejado una disminución de la tasa de ocupación y abriría las puertas a una conflictividad social que debemos evitar.
Un párrafo aparte para los comunicadores y analistas que ubican estas correcciones en el marco de una "puja distributiva", sin tener en cuenta que si no existe una razonable y relativa (interpretamos este término como relación con una oportunidad alternativa) retribución a los factores de la producción, la organización económica y productiva no funciona. Debemos entender que si queremos estar integrados a un mundo que en la actualidad no presenta conflictos que alteren los flujos comerciales (a contramano de la hipótesis de Perón de una economía cerrada para sobrevivir a una tercera guerra mundial que haría inviable el comercio internacional) con avances tecnológicos permanentes, no podemos desviarnos en el corto plazo de nuestra curva de productividad. Quienes promuevan lo contrario, proponiendo la redistribución de lo que no se produjo mediante la apreciación artificial del peso, que seguramente generará una satisfacción inmediata a sus beneficiarios, debe hacerse cargo de las consecuencias de mediano y largo plazo que esas políticas provoquen.
La apreciación cambiaria, partiendo de la aceptación de la teoría Harrold-Balasa-Samuelson (el TCR de largo plazo está dado por la productividad de la economía) pone a la economía argentina en un nivel de consumo por encima de lo que produce, con lo que esa mayor demanda se traslada a precios (inflación) o consumimos lo que producen otros (déficit de balanza comercial que desangran nuestras reservas). Un verdadero gobierno progresista es el que puede conciliar la necesaria ubicación de nuestros precios relativos dentro de nuestra curva de productividad de corto plazo (competitividad), promueve inversiones para aumentar la productividad de mediano y largo plazo, y evita que el costo de esta sintonía fina (como le gusta llamar al relato) lo paguen los jubilados, los beneficiarios de planes sociales y los estamentos de trabajadores que ganan el salario mínimo de convenio. Así, se hace imprescindible ir a un sistema de actualización salarial que contemple aunque sea en parte, el ajuste por medio de montos fijos, para de esta manera asegurar el mantenimiento del poder adquisitivo de los sectores de menores ingresos (equidad); todo ajuste salarial proporcional (ajuste porcentual) alimentará el proceso inflacionario y demandará nuevos ajustes nominales al tipo de cambio, y así sucesivamente con el perro que se quiere morder la cola. Con ello, lo que los trabajadores logren hoy en las mesas de negociaciones, lo perderán mañana por el proceso inflacionario, lo que condenará a millones de jubilados, trabajadores y beneficiarios de la asignación universal por hijo a la pérdida irremediable de su poder adquisitivo, un ajuste totalmente regresivo e inequitativo, hasta inmoral, que no tendrá que ver con la voluntad inmediata de los gobernantes, pero sí con las consecuencias mediatas de sus groseros errores.
Seguramente esta visión será blanco de críticas de los cultores del cortoplacismo y la magia. La magia no existe y las consecuencias de los errores en algún momento salen a la luz, es por ello que aceptamos las críticas y desafiamos a quienes las viertan a que nos demuestren con que herramientas:
1- Impedirán a los individuos las legítimas conductas de defender sus ahorros buscando un refugio que nuestra moneda no ofrece, o la conducta de no vender lo que nadie les garantiza que van a reponer, o posponer inversiones hasta que las reglas de juego se aclaren.
2- Promoverán inversiones en una economía donde lo que pones (término utilizado para ser más gráfico) no lo podes sacar.
Sin confianza en la moneda, sin abastecimiento normal de bienes, sin ahorro, sin inversión nacional y eventualmente (no resultando ninguna panacea) sin inversión externa, todo lo que se diga sobre una evolución satisfactoria de nuestra economía es bla, bla, bla...