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Un show con altibajos y con improvisaciones de gran nivel

El actor ofreció en el teatro Broadway un espectáculo en el que no dejó nunca de lado su sello delirante e inclasificable.

Lunes 16 de Diciembre de 2013

Videos mostrando "los cambios de la vida", un diálogo entre espectadores y una tanda publicitaria que incluyó la promo del auto "Gambentuni Strombel". Con este desopilante contenido, comenzó "Ojo que llega Casero", el original viaje propuesto por Alfredo Casero el viernes pasado en el Broadway.

Presentado por Diego Rivas, su eficaz partenaire, el cantor de voz grave que canta finito, en el ingreso a escena, Casero tuvo un afectuoso recibimiento. Arrancó cantando, acompañado por Humberto Spallina en el piano, y se frenó en la mitad de la canción para pedir a un espectador: "No me saques fotos, no me filmes porque si no no sigo".

La canción es un bolero interminable que trata de describir a una mujer de manera delirante, cuya extensión provoca que las risas aisladas se vayan diluyendo.

En ningún momento del show las risas fueron generalizadas, pero tuvo momentos muy logrados. La lucha para conseguir que el micrófono le funcione adecuadamente fue una batalla perdida. De ese inconveniente técnico, surgieron algunas de esas brillantes improvisaciones. "En tiempos de caos, de «quilombos», hay que hacer reír ó juntarse con gente que se c... de risa", propuso seriamente.

Bajó a recorrer la platea, se le ocurrió luego cantar lírico, algo de Schubert, logrando escaso resultado que repuntó con la notable imitación de Gardel cuando contó la leyenda de Oscar Galán "el cantor de La Boca". Acá se tentó de sus propias ocurrencias y se volvió a frenar cuando una dama del público espetó "prendan el micrófono". "Esa vieja viene siempre. Te voy a pegar un tiro".

La crítica incluyó a los intelectuales y a la familia tradicionalmente constituida, con risas aisladas pero aceptándose mutuamente los códigos comunes que tiene con su público fiel. De allí que se anima a contar intimidades, compartir sus pensamientos: "Este año fue un quilombón, laburé un montón. El año que viene quiero terminar la película, voy a dejar de trabajar para otros, voy a hacerlo para mí". Y remata con "yo los conmino a que pongan fecha para empezar a hacer lo que se les cante el c...".

Se le ocurrió Mozart, criticó las tecnologías y el candy crush, hizo subir a un muchacho y volvió a bajar a la platea. Auténtico, disperso, inentendible por momentos, él es quien más se divierte, aunque unos muy pocos se retiran antes un poco decepcionados con el espectáculo.

Luego de otra pausa con "tanda publicitaria" que incluyó a los "alfajores intramolares Garrido", vino lo mejor. En un show con altibajos, que tuvo tramos muy logrados y otros no tanto, cantó, muy bien, una bella canción griega y rescató la japonesa "Shima Uta".

Antes de ponerse serio, hizo la dedicatoria: "Dedico el show a los que se aguantan mis cosas tantos años, especialmente a las señoras a las que las traen engañadas a ver esto" y volvió a confesarse: "Voy a terminar la peli porque «Farsantes» es el techo, no hay más después de eso, hay que volver a empezar".

Con otra tanda que ofrece un "Perón articulado" y la interpretación de "Caballo de telgopor", a pedido del público, se fue despidiendo. No resistió la tentación e invitando a comprarle entradas para ver la peli, largó otra idea: "Vendemos entradas anticipadas para financiarla, así no le pedimos al Estado y con esa plata hacen otra de Kirchner".

El último bis, cantando, fue "Pera de goma", homenaje a la enema, muy festejado, donde volvió a demostrar sus notables virtudes para la improvisación y el repentismo. La parodia constante, el recuerdo de "Cha, Cha, Cha" y su participación en la ficción "Farsantes", fueron referencias permanentes, en un show que no dejó nunca su sello delirante, confuso e inclasificable.

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