Un sargento en la escena del crimen devela un modo de ser policial

Domingo 28 de Marzo de 2010

El problema de los recaudos necesarios para escribir una historia se repite aquí. Por eso, contar quién es el sargento primero Alejandro Urquiza, el popular Angelito Negro, es como gatear en campo minado. Desde la policía provincial señalan que nunca estuvo implicado en ningún hecho oscuro ni sumariado por nada. Por su llamativa presencia en el bar Ezeiza la madrugada del asesinato de Roberto Camino tiene apenas una imputación preliminar que, en una causa tan prematura, significa poco y no lo vuelve culpable de nada.

Pero en el subsuelo de la historia documentada de tantos policías otras fluyen ruidosamente. La cuentan empleados de la fuerza de escalafones y jurisdicciones variadas, abogados penalistas, funcionarios judiciales. Estas historias se refieren a métodos, prácticas y tradiciones policiales que aunque no se asientan en ningún manual de procedimientos vaya si existen.

Angelito Negro Urquiza sirvió en la vieja sección Robos y Hurtos, hoy denominada Brigada de Investigaciones, una sección donde muy a menudo las conductas de policías y delincuentes se equiparan, un campo probado en extorsiones, mejicaneadas, aprietes y negocios entre los representantes del campo legal y el extralegal. Los más sagaces terminan a menudo no como infiltrados en ese mundo sino confundidos con sus propios habitantes.

Lo que se busca.De transitar por esos territorios, algunos uniformados extraen un capital tradicionalmente valorado desde las cúpulas: el contacto con el hampa les suministra un buen cultivo de informantes y buenos aportes para la caja. Lo primero sirve para administrar y controlar el delito cuando las presiones públicas exigen resultados rápidos. Lo segundo asegura la continuidad de un histórico modo de ser institucional que hasta ahora nada ni nadie ha quebrantado.

La historia de las cosas que hacen los policías nadie las cuenta ni mejor ni con más detalle que los propios policías. Los que en estos días hablan de los modus operandi y las conexiones atribuidas a Angelito Negro parecen legiones. Son cosas que no se pueden describir en un diario porque no hay ninguna prueba. Es lógico que no existan, porque si hay accionar ilegal nadie lo documenta. La encargada de contar la historia oficial del delito es la policía y, en posesión de semejante poder narrativo, los policías nunca se incluirán allí si actúan irregularmente o negocian con el hampa.

El argumento de que la policía debe sumergirse donde están los personajes que debe investigar para poder reprimirlos y que en esas cañerías cualquiera puede mancharse es la perfecta coartada ideológica para reproducir el estado de cosas. En parte sería aceptable si no fuera porque en esas excursiones se termina muchas veces cerrando chantajes o negocios conjuntos.

Para qué.Recaudar bien y tener buena información es sinónimo de trabajar bien. Por eso, hablar de Angelito Negro, aunque sea indispensable aclarar su conducta de la madrugada del viernes 19 de marzo en el bar Ezeiza, es perderse en un detalle. Lo que está en crisis es el modo de producción de información y de gestión policial.

Hace apenas un mes, en la pesquisa judicial del atentado al micro de Newell’s Old Boys que traía hinchas desde la Capital Federal y en el que murió baleado el pibe Walter Cáceres, saltaron los nexos del presunto autor material, ligado al narcotráfico, con policías de la comisaría 11ª. Ahora, el miembro de un grupo elegido que fue a detener a Camino hace un año a Buenos Aires surge en el bar donde lo mataron. No parece tanto cuestión de conductas de individuos aislados sino de prácticas producidas de modo institucional y que prevalecen sobre los nombres propios.

Esto no pretende ser injusto para tantos policías que procuran manejarse con corrección y compromiso en un contexto cada vez más exigente, agresivo y riesgoso para ellos. No casualmente son muchos de ellos los que cuentan cómo funciona el asunto.