Un plan para una crisis que ya no es europea
La crisis europea ya no es una crisis europea. Ahora, es una crisis de todo el mundo. A menos que la cumbre del G-20 coordine un plan de acción global ahora, enfrentamos una desaceleración global que tendrá un profundo impacto...

Martes 19 de Junio de 2012

Londres. — La crisis europea ya no es una crisis europea. Ahora, es una crisis de todo el mundo. A menos que la cumbre del G-20 coordine un plan de acción global ahora, enfrentamos una desaceleración global que tendrá un profundo impacto en las elecciones presidenciales de Estados Unidos e incluso en la transición de China hacia una nueva conducción. Es la última oportunidad.

El lenguaje habitual de los comunicados de las cumbres no sirve cuando la Eurozona se está acercando a su momento crítico. Cualquiera sea la forma en la que hayan votado los griegos el domingo, una salida caótica del euro de Grecia se torna cada vez más probable: su recaudación fiscal colapsa, no crece como se prometió. Incapaces de recuperar el acceso a los mercados, Portugal e Irlanda pronto tendrán que pedir sus segundos programas de rescate. Tristemente, Italia —y potencialmente Francia— pronto podría seguir a España en la necesidad de financiamiento.

Los líderes mundiales no deben irse de México sin acordar el respaldo a un gran "cortafuegos" para detener el contagio. Y deben construir una iniciativa de crecimiento global para Oriente y Occidente. Europa ya lleva cuatro años de obsesión con la deuda que la distrajo de los temblores sísmicos de los bancos e hizo que no lograra entender el problema estructural subyacente: cómo lograr el crecimiento.

Ahora debemos esperar una recapitalización bancaria europea de 200.000 a 500.000 millones de euros. Pero el sector financiero europeo tiene un problema aún mayor: sus bancos tienen 24 billones de euros de préstamos, contra los 14 billones de dólares de Estados Unidos (11 billones de euros). La deuda externa del sector privado de España no puede cancelarse en ningún cronograma normal: son 2 billones de euros. Ya es inocultable la lógica de un área de moneda única: que se necesita un prestamista de última instancia y una unión fiscal. Esta característica recientemente descubierta, que un prestamista de última instancia es esencial, deberá ser reconocida para España, Italia y posiblemente Francia, además de Portugal e Irlanda y Grecia. El G-20 puede ayudar en ese proceso. China y los Estados petroleros podrían apoyar ayudar al BCE a refinanciar préstamos de España, Italia y Francia. Se tranquilizaría al público alemán diciéndole que el mundo comparte la carga.

Estamos en transición desde un mundo viejo a uno nuevo. Los mayores productores del mundo ya son los mercados emergentes, pero los mayores consumidores del mundo siguen siendo las economías avanzadas. El crecimiento alto sólo retornará cuando los asiáticos confíen en que los mercados reviven en Occidente y que los estadounidenses y los europeos confíen en que pueden ganar dinero vendiendo a Oriente. El plan del G-20 que propongo es bueno para Asia, pero es incluso mejor para Estados Unidos (que necesita exportar) y un salvavidas para Europa.

(*) Fue primer ministro de Gran Bretaña de 2007 a 2010 y anteriormente ministro de Finanzas de Tony Blair. Es asesor del Foro Económico Mundial.