Lunes 15 de Julio de 2013
En uno de sus más célebres cuentos, “El aleph”, Borges dice de uno de los personajes, Carlos Argentino Daneri: “Es autoritario, pero también es ineficaz”. La ironía borgeana se halla en la conjunción adversativa. El autoritarismo es siempre malo, pero por lo menos se espera de quien ejerce el poder de esa forma que, desprovisto de los límites, obstáculos y demoras que son propios de los procedimientos legales, pueda cumplir sus objetivos eficazmente. Ser autoritario pero ineficaz es el colmo de lo indeseable. Es improbable que Guillermo Moreno haya leído alguna vez a Borges. El refinamiento, la sutileza, la complejidad de nuestro primer escritor son la antítesis de la prepotencia y la vulgaridad de las que hace gala el secretario de Comercio. Pero la descripción de Carlos Argentino Daneri parece pensada para él. Es que Moreno, el más autoritario de los funcionarios públicos, es también el más ineficaz. No hace otra cosa que acumular fracasos. Como un rey Midas al revés, todo lo que toca lo convierte en barro, por decirlo de un modo suave. Basta recordar que desde que está al frente de la Secretaría de Comercio la inflación, que fue baja en el período 2003/2006, no cesó de aumentar. El recurso de Moreno fue romper el termómetro, al intervenir de hecho el Indec para dibujar las estadísticas, pero lo único que consiguió fue arruinar el prestigio de un organismo que era respetado a nivel internacional. Entre muchos otros fracasos, anunció hace unos años unos fabulosos créditos hipotecarios con cuotas similares a las de un alquiler, que jamás se concretaron. Se metió en el mercado agropecuario y la Argentina nunca produjo tan poca carne y tan poco trigo, dejando desierta la “mesa de los argentinos”. Se metió en el mercado de cambios y generó una suba extraordinaria del dólar, al tiempo que paralizó la actividad de la construcción y la inmobiliaria. Se metió a congelar precios y causó más inflación y creciente desabastecimiento. No se le podrá negar, con todo, coherencia: todo lo hace mal. A esa ineficacia la adorna con un estilo patotero, que seguramente le debe de granjear la simpatía de su jefa. Insulta, grita, trata a los empresarios como un patrón mal educado, les da órdenes, los obliga a ponerse de pie cuando él ingresa a una reunión. Moreno adopta muchas decisiones sin dictar actos administrativos, sólo mediante telefonazos. Pero los empresarios y comerciantes las cumplen igual. A veces, ni hace falta que se las indique a cada uno. Alcanza que dé la orden a algunos de ellos, para que los demás pongan las barbas en remojo, como alumnos aplicados y obsecuentes. Así, por ejemplo, ocurrió con la prohibición a los supermercados de poner publicidad en los grandes diarios independientes. No hubo ninguna resolución, pero bastó alguna señal para que todos se plegaran a esa medida absurda que los perjudicaba. Recién ahora reconocieron que la orden verbal existió. Lo hicieron en una audiencia en la Dirección de Defensa del Consumidor de la Ciudad de Buenos Aires. Todos sabemos a lo que se exponen los empresarios que desconocen esas órdenes. El Estado, cuando obra como una mafia, tiene un poder enorme. Pero duele comprobar que, salvo honrosas excepciones, se rindieron muy tempranamente, sin siquiera patalear. Sería inconcebible una actitud por el estilo en los grupos empresarios de San Pablo, por citar un solo caso. El autoritarismo avanza cuando las instituciones son débiles y los ciudadanos y dirigentes tienen poco sentido de su propia dignidad. Moreno pasará, pero la experiencia deja lecciones más profundas que el anecdotario de este personaje ridículo.
Jorge R. Enríquez