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Un paréntesis que alteró la vida misma

El Dakar dejó vivencias enriquecedoras para los que estuvieron alrededor de los pilotos, dentro de una organización que no descuidó detalles, que funcionó como un relojito y que configuró una agradable experiencia para contar.

Domingo 19 de Enero de 2014

El Dakar llegó a su fin y todo volverá a ser como era entonces. Por dos semanas, frenéticas, adrenalínicas, únicas, las vidas de las más de tres mil personas que convivieron en un campamento se abstrajeron de lo cotidiano como en una burburja, con sus pro y contra, como todo. Y seguramente dejaron para ellos una experiencia invalorable que cada uno decodificará a su manera. Sólo en una competencia de este tipo las cosas se alteran de tal manera. Y así como de golpe empezó, con todos insertos en determinadas reglas, de golpe terminó y cada uno fue emprendiendo el regreso a la cotidianeidad.

Porque eso fue también el Dakar. Un paréntesis bien marcado y no sólo para los competidores, sino para todo el equipo que los rodeó, todo el marketing que los siguió y toda la prensa que fue a transmitir sus vivencias. Todo el mundo se movió dentro de una estructura pensada y organizada hasta el mínimo detalle, que hizo la convivencia agradable pese a incomodidades inevitables. En eso, la Amaury Sport Organisation (ASO) funciona como un relojito y son dignos de imitar. Imaginar que una organización argentina de este tipo pueda desenvolverse así, parece una utopía. Sin embargo, imitar lo bueno, aprender de ello, no parece una filosofía errada.

Es que nada estuvo librado al azar en cada bivouac, de los dos itinerantes que iban salteando de una etapa a la otra para que nada fallase. Las carpas en U del comedor, los baños, las duchas, los centros de prensa, el Dakar Center como una estación de descanso intermedia, la seguridad de cada sector de los predios, la higiene, la recolección de residuos, tanto orgánicos como peligrosos (algo en que se hace mucho hincapié, porque son conscientes de las críticas que se le hacen por el daño al medio ambiente en carrera), todo estuvo perfectamente pensado y sincronizado con sus empresas responsables, varias de ellas dependientes o relacionadas directamente a la ASO, como la Sodexo encargada de las comidas.

En ese aspecto tan nodal, desayuno, almuerzo, merienda y cena fueron de una calidad y variedad (y cantidad) llamativas. El que creyó que venía a sufrir y rebajar de peso en el Dakar, se equivocó, sobre todo para los de funciones más pasivas, como las del periodismo por ejemplo. Y difícilmente alguien haya podido burlar los controles, todos realizados con pequeños escáner que marcaban cada ingreso a los lugares principales de estar, como comedor o sala de prensa.

Claro que las cabezas que piensan la mayoría de las cosas son francesas, aunque desde 2010 en adelante se empezó a nutrir de mucha mano de obra local, habida cuenta de que la estructura ultra verticalista de la ASO y su quizás excesiva burocracia (que proviene del pasado militar de la mayoría de sus integrantes), debió adaptarse a la realidad local y para eso necesitó de su gente para solucionar problemas que fueron surgiendo. Y por supuesto, quienes se fueron incorporando, lo hicieron asumiendo ese orden y disciplina.

En ese marco de contención, si se quiere, la rutina de armar y desarmar carpas donde se pudiera, las pocas horas de sueño en lugares incómodos (o ultra incómodos, como Calama), el baño generalmente de agua fría cuando se podía, la ropa sucia que se iba acumulando, la tierra y la arena que se metían por todos lados, el calor, a veces el frío, y los viajes constantes (fueron doce vuelos y unos tres en micro) con su desplazamiento de carga pesada al hombro, fueron efectos colaterales pero de ninguna manera el emergente de la vida cotidiana, que resultó llevadera porque fue compartida, porque a nadie se lo ocurrió hacer la suya y donde no sobró nada pero menos faltó.

Por 14 días, todo el mundo comprobó que se puede vivir sin televisión, sin aire acondicionado, sin una buena ducha cotidiana, sin ropa limpia. Pero también se sintió seducido con eso de no tener que pensar en las obligaciones diarias y que le tengan la comida siempre a punto, encima durante un buen rango horario. Todo eso se acabó ayer. Hora de volver a casa. Al fin, tampoco es cuestión de que la vida misma sea un Dakar.

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