Edición Impresa

Un paciente de salud mental del hospital Roque Sáenz Peña logró editar su libro

En sólo tres años, a sus casi 40, Eduardo Aguilera, cuyo nombre artístico es Rodrigo Verdi, se alfabetizó y de inmediato encontró en la poesía su propia forma de habitar el mundo. 

Domingo 06 de Julio de 2014

“El que espanta sus penas alarga su vida”, reza el epígrafe del pequeño libro titulado “Un nuevo sueño” que Eduardo Aguilera —o Rodrigo Verdi, nombre artístico que él mismo eligió para sí— acaba de publicar en el marco del espacio creativo El Puente, del Hospital Roque Sáenz Peña. Cuando hace 9 años Eduardo (o Rodrigo) llegó a ese centro asistencial con un coma diabético, transido de “tristeza y soledad”, no imaginó que ese lugar terminaría siendo su “casa” y que en ella, además, sería capaz de construir una nueva vida. “Porque cuando las palabras de la poesía salen del corazón traen alivio”, dice ahora. Durante ese tiempo fue usuario del servicio de salud mental y, como jamás había aprendido a leer ni escribir, un buen día también pudo acercarse al espacio cultural El Puente. En sólo tres años, a sus casi 40, se alfabetizó y de inmediato encontró en la poesía su propia forma de habitar el mundo. Y de ponerle voz.

   Eduardo nació en Goya, Corrientes, en 1972, en el seno de una humilde familia con nueve hijos que diez años más tarde emigraría a Rosario.

   De arranque las cosas no fueron fáciles para el chico. “Mi vida fue muy difícil —resume ante La Capital—, pero yo siempre seguí adelante”. De hecho una de las dificultades fue, justamente, no haberse escolarizado. Causa y consecuencia de más limitaciones con las que le tocaría lidiar.

   Pero esa condición recién se le figuró como déficit severo varios años después de haber ingresado por primera vez al hospital, donde en el 2005 quedó internado en grave estado por lo que él llama ahora la “enfermedad silenciosa” que lo sumió en un “coma diabético”.

   A partir de entonces entabló un vínculo estrecho con la institución y varios de sus servicios, entre ellos lo que le fue ofreciendo el equipo de salud mental.

   Si Eduardo no lo dijera explícitamente, esa pertenencia se notaría igual: el miércoles pasado, en el auditorio del Roque, la presentación de su libro estuvo colmada de emocionados compañeros y talleristas de El Puente, pero también de médicos, psicólogos, enfermeros y demás personal del hospital, que vivió el logro como propio.

   Todos los que lo “acompañaron” en ese proceso —desde la alfabetizadora del equipo de Educación municipal, Mariela Zoppegni, hasta el coordinador de El Puente, Marcelo Mainini, pasando por los compañeros de ese espacio y otros referentes de la comunidad más cercana— tuvieron algo que decir.

   “Este proyecto me buscó a mí”, dijo Zoppegni, y recordó que cada lunes de los últimos tres años Eduardo aparecía con 20 poemas escritos “con amor”. Porque él mismo “estaba enamorado de la vida” y quería “festejarla”.

   También la bibliotecaria del colegio Santísimo Rosario, Gabriela Leibovich, que participó de una experiencia de “articulación” entre El Puente y alumnas de la escuela, apuntó algunas perlitas.

   “Me acuerdo de la vehemencia de Eduardo, que enseguida quiso pasar del lápiz a la birome”, contó. “No se achicó nunca, no me voy a olvidar del día en que me dijo «Ahora quiero que me compre siete cuadernos». «¿Pero pará que siete?», le pregunté. Y él me contestó: «Porque voy a escribir un libro». Y acá está”.

   También Mainini, indiscutido alma máter de El Puente, rescató la capacidad que tuvo Eduardo para “tomar decisiones”, el “rasgo más importante de la libertad”.

   Y en la decisión de Eduardo de elegir un heterónimo como poeta, Rodrigo Verdi (que paradójicamente, hay que decirlo, no figura en el libro) Mainini atisbó “la forma que encontró para volver a nombrarse, para construir un nuevo sueño, una nueva vida, una nueva identidad”.

   “Dice Octavio Paz que el heterónimo es lo que permite transcurrir entre la irrealidad de la vida y la realidad de la ficción”, recordó.

Nueva vida. Y es de esa suerte de renacer, de esa “nueva vida”, de lo que el mismo Eduardo no se cansa de hablar. “Yo no sabía nada”, afirma con candidez. Hasta que empezó a leer y escribir. “Ahí arranca la historia mía”, cuenta, en el lugar donde además conoció a un “grupo de chicos, todos con una vida difícil”, pero que siguieron “adelante”.

   Y como si la poesía no le alcanzara para expresar todo lo que lleva adentro, ahora va “por más” y ya empezó a escribir “historias de suspenso”. La primera hasta tiene título: “Infierno en la casona”.

   Dice que “todo sale de adentro, del corazón”, y son esas palabras las que le “traen alivio”. Murmurando, como en secreto, cuenta que tiene un ángel. “Es el ángel de mi sueño, que me protege y me dice: «hoy sos un ejemplo para que todos entiendan que en la vida se pueden hacer cosas lindas»”. Y ya se sabe: los ángeles no mienten.

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