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Un libro del ex jefe comunal de Carrizales narra las vivencias de un médico rural

Nelio Chimentón, aunque nació en Totoras, vive hace más de cuarenta años en la localidad de unos 1.400 habitantes a unos sesenta y cinco kilómetros de Rosario.

Lunes 10 de Noviembre de 2014

“Pinta tu aldea y serás universal”, expresa un dicho popular. Nelio Chimentón ha sido uno que contó las vivencia de su “lugar en el mundo”, lo hizo a través de un libro y mediante los relatos logra recorrer todo una vida de personajes y hechos históricos de la región.
  Chimentón es un médico que nació en Totoras, luego de adolescente vivió en Rosario, entre otros lugares en un rancho de Empalme Graneros. Fue activista en la UNR y militante del ala de centro izquierda del Partido Humanista Renovador. Chimentón, de ideas democrátas cristianas, tiene entre sus muchos pergaminos haber sido ayudante por tres años del prestigioso médico Rafael Babbini, luego vivió en Buenos Aires y un día junto a su esposa decidió buscar su lugar “para toda la vida”, y recaló en un pequeño pueblo, sobre la ruta 10 y a 65 kilómetros de Rosario, Carrizales o más conocido como estación Clarke (ver aparte).
  Allí fue el médico del pueblo, varias veces jefe comunal y estuvo al frente de un geriátrico por 25 años hasta el 2008.

El médico del pueblo. “El libro llamado «Corazón-citos, la fuerza de lo imposible» lo escribí en cinco años y es parte de mi historia de médico de pueblo, es un canto de amor, es un diario de vida donde transitan pequeñeces y grandezas, el dolor lacerante y la alegría desbordante. Lo hice básicamente por pedido de mis seis hijos”, confiesa.
  “El libro no deja de ser un texto de autoayuda, tiene reflexiones, curiosas anécdotas y relatos de los últimos 50 años de la zona. Son vivencias que dejo para los habitantes de la región y para mis nueve nietos”, comentó Chimentón a La Capital.
  “Hubo una época, cuando estuve en Rosario, que desde Empalme Graneros, donde vivía con mi papá, todos los días me trasladaba al Roque Sáenz Peña o al Italiano en la otra punta de la ciudad donde atendía el doctor Babbini, un hombre bajito de estatura, pero un gran médico, fui su ayudante tres años”.
  “Cuando viví allí me tuve que «escapar» a Buenos Aires, en la época militar de Juan Carlos Onganía, porque se rumoreaba que la Facultad de Medicina donde estudiaba se cerraría por dos años y yo, o me recibía de médico o iba a hombrear bolsas al puerto, por eso, y luego de mucho trajinar, me recibí en Buenos Aires”, comentó.
  La función de médico de pueblo es motivo de muchas anécdotas en el libro. “Fueron 40 años que ejercí en Carrizales, desde mi lucha inicial para que el centro de salud tuviera al menos un equipo de radiografía para que la gente no se fuera a atender a otra población, luego mi bregar por el agua potable, los primeros partos, las inundaciones, hasta el ingrato deber de certificar la muerte de seis querrilleros abatidos, cinco jóvenes y una chica, en la epoca de los milicos”, dice.
  “Como jefe comunal de Carrizales estuve al frente 18 años, de 1989 a 2007. Un día me dijeron cual era mi plan y contesté «arreglar la vida de la gente». Carrizales es un pueblo de 1.400 habitantes. Desde 1933 era gobernado por el Partido Demócrata Progresista hasta 1989 cuando asumí por un partido vecinal con respaldo del justicialismo”.

Neurosiquiátrico de Oliveros. “Desde 1985, y por un año y medio, fui llamado por el gobernador de ese entonces a hacerme cargo del Neurosiquiátrico de Oliveros, por varios temas graves y acuciantes en ese momento, como el embarazo de internas y la venta de chicos, casos de tuberculosis, de hepatitis B y malversación de medicamentos. En poco tiempo se solucionó el problema de la tuberculosis. Por las carencias de alimentos de los internos los fines de semana, me fui a almorzar allí para comprobar que se les diera los nutrientes correspondientes. Por los embarazos se buscó a los «padrillos», se generó la huida de los sospechosos y se desbarató la venta de chicos, un negocio de cuatro millones de dólares. Además para evitar neumopatías se arregló y pintó la mampostería y camas de algunos pabellones”.
  En la parte final del libro Chimentón hace algunas reflexiones. “Las denomino el «último round», vuelco allí, anécdotas y experiencias de médico cuando un paciente está cerca de la muerte, en muchos casos no tiene angustia ni miedo, eso se siente cuando uno está sano, pero en esa instancia la sensación suele ser de liberación de dolores”.
  Chimentón, que sigue viviendo desde hace 45 años en Carrizales, hace unos años se jubiló y ya séptuagenario dejó todas sus actividades, quizás por ello comenzó a escribir el libro donde refleja muchas circunstancias y personajes de la zona, pero aclaró que no puso nombres, apellidos ni denominaciones de lugares. El libro reivindica que no hay dicha fuera del amor, y pese a fuertes relatos emotivos, es un canto optimista porque como dice el autor, “¡se puede, siempre se puede, claro que se puede!”.

Los dos nombres con que se conoce al pueblo

Los carrizales son “sitios poblado de carrizos, que es una planta gramínea de tallos muy largos y flores en panojas anchas y copudas que crecen cerca de lagunas” por eso se llama así el pueblo, pero la antigua estación de trenes siempre se denominó Clarke, nombre ya instalado en muchos pobladores de la provincia de Santa Fe.
  “Hace muchos años le pedí al entonces gobernador santafesino Carlos Sylvestre Begnis que se definiera el nombre del pueblo de una vez, ya que surgían problemas con la correspondencia”, comentó a este diario el ex jefe comunal Chimentón. “Yo le sugerí que dejara la denominación de Clarke, pero me dijo que  prefería el nombre de Carrizales porque Arthur Clarke, administrador inglés de una antigua estancia, cobraba peaje a quienes pasaban por su estancia para vender sus animales en la feria. Begnis explicó que Carrizales era mejor denominación para el pueblo”. La historia dice que el brigadier Estanislao López era perseguido por Juan Lavalle. López, conocedor de la zona, puso morrales a sus caballos para que no comieran romerillo, también conocido como «mío mío», porque aunque tiene propiedades curativas ingerida en exceso por el ganado es venenoso. Como Lavalle no sabía de ese vegetal en la zona, no protegió a sus animales por lo que enfermaron y murieron. “Al quedar de a pie los soldados unitarios de Lavalle, la victoria de los federales fue contundente. López así ganó la batalla en los carrizales”, comentó Chimentón.
 

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