Un japonés en Rosario
Hace unos días retornó a su país Takashi, mi amigo japonés, luego de andar una semana por las calles de Rosario, mi ciudad. Por obra y gracia de la divina providencia no sufrimos ningún robo...

Martes 12 de Junio de 2012

Hace unos días retornó a su país Takashi, mi amigo japonés, luego de andar una semana por las calles de Rosario, mi ciudad. Por obra y gracia de la divina providencia no sufrimos ningún robo, pero todavía siento vergüenza por la imagen que se llevó de mi país. El primer día, que fue domingo, lo llevé a la costanera. Una promotora publicitaba con su paraguas una "ciudad limpia". Taka se largó a reir y yo lo acepté de buen grado, porque es una persona que adora este país y también se permite bromear sobre sus costumbres. Y luego, y a cada rato: ¿ciudad limpia? Y me mostraba las hojas, las latas, los papeles tirados, la basura y los excrementos de perros. Y otra vez: ¿no hay trabajo, cómo no hay trabajo? Y me mostraba las veredas rotas, las raíces que levantan el pavimento, los muros pintados y otra vez: ¿cómo que no hay trabajo? Desprolijidades por doquier en los parques, en los árboles descuidados, en los bordes de las rutas. Por suerte, omití referir a la idea de "ciudad modelo". Todo muy incomprensible para un turista que si bien viene para encontrar calidez humana, también se encuentra con lo otro. Viene de un país que por educación y no por el rigor de las multas mantiene un orden impensado. Nadie saliva sobre la acera, nadie tira las cenizas del cigarrillo ni siquiera sobre el césped, cualquiera entra a un restaurante y a sus baños sin calzado, y no hay posibilidad de que ensucie o moje sus medias. Aún con todo el esfuerzo que hice por mostrarle lo lindo de mi ciudad, quedé derrotado, cuando luego de cruzar el puente, me hizo frenar para sacar fotos. El enfoque iba hacia arriba, hacia el cielo celeste. Sorprendido le dije: ¿Taka, a qué le sacás fotos? Al cielo, nunca vi un cielo igual. Nunca vi el celeste con el verde. Siempre omitió sacar fotos terrestres, por respeto y por suerte. De regreso a casa me contaba sobre la vergüenza que había causado en su país la rotura del Fukushima por el tsunami y la imposibilidad de controlar sus radiaciones. Con total naturalidad, agregó de que es inminente la sustitución de las 54 centrales atómicas por 70 centrales termoeléctricas para la generación de la energía. Sólo pasaron 14 meses de aquel 11 de marzo fatídico. Luego llegamos a Funes, enciendo la luz y ya todos conocen el final. Se había cortado otra vez.

Fernando Sauro