Lunes 12 de Septiembre de 2011
Hace unos días tuvimos, según la propia expresión de La Capital, como noticias más leídas las siguientes: 1º) Messi ilusionó al pueblo leproso al confesar que sueña con "con volver y jugar en Newell's". 2º) La pantalla rosarina se la juega y televisa el partido que el sábado Central disputa en Jujuy. 3º) ¿Quién es la nueva conquista estelar de Martin Lousteau? 4º) Carmen Barbieri confesó su dolor por la separación de Santiago Bal. Ayer, tuve la oportunidad de charlar telefónicamente con Jorge Riestra, uno de los más grandes escritores de nuestra lengua. Y lo digo sin empacho, porque no sólo se es grande por lo que se escribe, sino también por lo que vive. Riestra fue profesor mío, en los años 1959, 1960 y 1961. Aprendí de él, no sólo a escribir, también a pensar, pero por sobre todas las cosas aprendí a vivir con dignidad, aprendí a capitalizar la amistad, la verdadera amistad, aprendí a vivir con alegría y por sobre todas las cosas aprendí a tolerar y comprender. Una sola anécdota que cuente de aquellas numerosas que viví junto él, pues era un profesor de esos que no puedo explicar con palabras. Sus clases se convertían en verdaderas reuniones de estudio, pero también de amistad. El clima que se vivía en esas clases era único. No existían gritos ni frases altisonantes. La literatura en los poemas, en los cuentos y en las narraciones se transformaba en sensaciones vívidas. Así aprendí a leer a Cervantes, Shakespeare, junto a Miguel Cané, Borges, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Cortázar. Todos eran entrañablemente leídos y comentados y maravillosas conclusiones obteníamos en sus clases. Pero un día el profesor Riestra llegó alterado, tenía un dolor en su alma que se prolongó durante semanas. Su pregunta era: ¿por qué? y estaba relacionada con el suicidio de un compañero nuestro que por un rechazo amoroso se quitó la vida. Su pregunta estaba relacionada con el por qué no se había dado cuenta de que ese muchacho tenía una pena y estaba solo con ella. Siempre nos consideró sus hijos, y esa pertenencia a mí me llenó siempre de honesto orgullo, por eso quiero recordar la anécdota que señalé y rescato una frase publicada el 4 de mayo de 2008: "Todos mis libros son mis hijos, yo no hago diferencias entre ellos porque son todos legítimos. Por eso, cuando reedito, no toco nada. Yo era así cuando lo escribí y respeto lo que era entonces. En «El taco de ébano» he tocado algunas comas, porque cuando estaba en impresión me llaman de la editorial y me piden que viaje para hablar con Olga Orozco, que era la jefa de corrección. Ella me observó la puntuación obsesiva. «Es la entonación que me pidió el libro», dije. «Sí, pero usted lo recarga de comas». Bueno, accedí a sacar tres o cuatro comas". Esta idea que él desarrolla el 4 de mayo de 2008, conversando con un escritor español, es la síntesis de lo que él siente. Todos los que pasamos por sus días, por sus horas, por su mente, somos y fuimos sus hijos. Valga este recuerdo emocionado para quien el 5 de septiembre de 2011, conversó conmigo durante dos horas y llenó mi alma de sensaciones nuevas, de esperanzas. Por eso y por muchas cosas más, reverencio a este gran hombre que en silencio con sus ochenta y pico de años, jamás será viejo, jamás será olvidado y su vida y su obra serán eternas. ¡Gracias profesor!
Héctor Rivero