Martes 09 de Diciembre de 2008
Tengo la impresión de que los últimos hechos institucionales de nuestro querido Rosario Central muestran algo más que yerros futbolísticos. El proyecto cuya finalidad era sanear al club está desbordando hacia otros costales y presiento que ciertas lecturas sociofutbolísticas navegan superficies borrascosas. Nadie puede discutir los orígenes populares de nuestro club. Nadie puede discutir que a veces hay decisiones controvertidas, como el aumento de la cuota societaria, pero este episodio podría justificarse para equilibrar las finanzas. Nadie discute que la gran mayoría desprecia la violencia, de todo tipo, provenga de un barrabrava o de un presidente ofuscado y como canallas respetuosos de la vida democrática e institucional debemos aceptar las decisiones de la comisión directiva. Ahora bien, otra cosa es la falta de criterio, otra muy distinta es creer que nivelando para arriba solucionamos el problema social. No se puede eliminar la violencia restringiendo el acceso de la familia al club, cortando las raíces populares, levantando muros (como en la oscura época del triste mundial 78). Hoy el muro no es de cemento, es el muro de la soberbia, de la discriminación. Señor presidente: Rosario Central nació en los ferrocarriles del cruce Alberdi e instaló su estadio en Arroyito, un barrio indiscutiblemente popular, muy distinto a los orígenes de Gimnasia y Esgrima de Rosario. Son realidades diferentes y no se pueden interpretar de la misma manera. Entiendo que las familias de este barrio no están en condiciones de afrontar las cifras que significan un abono para todo el torneo. Creo que usted no desconocerá que los sueldos de muchos argentinos son todavía muy bajos. Usted está discriminando a un importante sector que nada tiene que ver con las barras bravas. La guerra a la violencia la tenemos que pelear todos, pero es a todo tipo de violencia, inclusive la verbal. Hay actitudes que preocupan, como preocupan los patovicas que controlan la ley seca en el Caribe Canaya (aclaro que yo tomo mate), es como una psicosis por tenerlo todo controlado, todo vigilado. No queremos un Gigante convertido en el panóptico de Foucault. Me preocupa que se vigile a la gente del barrio, la que históricamente creó a Central, la que se banca dirigentes estúpidos y de los otros, la que soportó los campeonatos económicos y los técnicos del Central Campeón (y realiza la peor campaña de la historia). Todo tiene un límite. No queremos la Copa América, queremos que nuestro equipo esté a la altura de su hinchada y para eso, señor presidente, aparte de huevo y valentía, hace falta criterio y sapiencia. Esa que usted, hasta el momento ha demostrado ignorar.
Daniel Arrighi, d_arrighi@hotmail.com