Miércoles 20 de Mayo de 2015
Dos empleados con pechera verde allá lejos, espiando un partido que les era completamente ajeno. Un operador de radio colgando un micrófono ambiente (¿para qué?), dos cámaras ubicadas detrás de los arcos. El camión de exteriores de la TV sobre un portón con el mural de Garrafa Sánchez, con policías de a caballo alrededor, refugiándose del sol impiadoso que siguió a una llovizna indecisa y, tal vez, custodiándolos, porque no tenían muchos más a quien cuidar. Una vecina que entra a su casa enfrente justo de la cancha, como cualquier día. Cinco o seis reporteros gráficos, unos pocos trabajadores de prensa que, como hacía muchos años no se puede en un estadio, prácticamente llegaron hasta el interior del vestuario mismo. Nada parece ser lo que es y acaso, si así continuaran las cosas, será la postal del fútbol argentino que se viene. Para verlo por televisión, mucho más cómodo para todos los protagonistas y los que trabajan alrededor de ellos, pero infinitamente vacío.
Unos pocos aplausos reciben la salida de los planteles. Algunos trabajadores de prensa se pliegan para que no parezcan tan pocos. Hay fotos de los equipos sobre fondo de escalones pelados. Hay menos presión para todos, para qué negarlo, pero vaya que se extraña, vaya que vale la pena el riesgo. Un riesgo que por pasar todos los límites hizo que Newell's-Chacarita se jugara a puertas cerradas. ¿O fue exagerada la decisión? Porque en la Copa Argentina, el torneo más devaluado del fútbol nacional pero con cotización en alza, las tribunas sí pueden albergar ambas hinchadas. Pero en este banco de pruebas, si es que de eso se trata este certamen para medir comportamientos, se prefirió, al menos ayer, irse al otro extremo: nada de público. Excepto alguno que otro, que quizás se haya colado con la delegación oficial.
Las cadenas nacionales de la pelota ayer hablaron del Panadero Napolitano, mucho sobre sus cómplices en la acción y menos sobre los cómplices en la omisión. Las tribunas de la cancha de Banfield (a propósito, cuanto esfuerzo pusieron en remodelarla, aunque sus paredes perimetrales están tan cerca de los jugadores como en la de San Martín de Burzaco) reflejaron otra cara de la misma moneda. Los violentos, los intolerantes, los que niegan al otro y quienes se aprovechan de ellos, siguen ganando los partidos. Ayer fue un escenario vacío el testigo de un fútbol muerto de pena.