Jueves 22 de Mayo de 2014
Al finalizar el trascendental y emotivo partido de fútbol entre Atlético de Madrid y Barcelona, pudo observarse a los simpatizantes del equipo conducido técnicamente en ese entonces por Gerardo Martino aplaudir al conjunto del "Cholo" Simeone la obtención legítima del campeonato español. Sin dudas, un ejemplo a imitar, una muestra de educación y respeto que no se percibe fácilmente en la Argentina. Pero, además, no hubo insultos ni objetos contundentes que cayeran sobre la cancha. Lamentablemente, en nuestro país resulta impensable comportamientos de estas características debido al nivel de agresividad e intolerancia que existen no solamente en barrabravas sino también en sectores ajenos a ellas. Acá, pareciera ser que una derrota significa la muerte y el triunfo la vida. La irracionalidad de unos cuantos no permite ver que el fútbol es un espectáculo deportivo como otras disciplinas, con resultados a favor y adversos. Es cierto que, a veces, ocurre que ante un traspié aflore la desazón, el malestar porque el equipo favorito tuvo un mal desempeño; pero de ahí a agredir, descalificar y arrojar elementos que pongan en riesgo la vida de los semejantes hay una distancia enorme. Por los hechos de violencia adentro o en inmediaciones de los estadios, los simpatizantes visitantes no pueden concurrir a ver el partido; sin embargo, creo que todavía mucha gente no ha tomado conciencia del daño que le ha ocasionado al deporte más popular. En determinados aspectos de la vida cotidiana prima la pasión por la razón. Las escenas de pugilato suceden en otros ámbitos también. Rara vez aparecen la cordura, el respeto a los demás, la comprensión, la sensatez. Adhiero al documento emitido por la Iglesia acerca de que la Argentina está enferma de violencia. De cualquier manera, es importante entender que nadie nace violento, la violencia se aprende con el correr de los años. Si no hay recomposición del tejido social, soluciones en las relaciones intrafamiliares, mejoramiento de la enseñanza en las familias y más y mejor educación, esa ruptura de los vínculos entre los seres humanos será cada vez peor.
Marcelo Malvestitti