Edición Impresa

Un día en la única escuela pública de Rosario que tiene jornada completa

Es la Justo Germán Deheza, en la que unos 80 chicos pasan ocho horas diarias. Está ubicada en bulevar Seguí y Grandoli, en el corazón de barrio Tablada.

Domingo 30 de Septiembre de 2012

—Acá no hay recreo, afirma Micaela con una sonrisa enorme que expone el hueco que dejó la caída de su primer diente.

—No hay recreo. ¿Pero eso está bueno?, le pregunta LaCapital.

—Si. No hay recreo, porque el recreo es todo el tiempo.

Así aprenden unos 80 niños en la Escuela Nº 114 Justo Germán Deheza, ubicada en bulevar Seguí y Grandoli, el corazón del barrio Tablada. Son los que participan de una experiencia de jornada completa, única en la ciudad, que los mantiene en la escuela ocho horas. La mitad del tiempo, los chicos asisten a clases de matemática, lengua o ciencias, como en cualquier colegio; el resto, participan de talleres de huerta, plástica, música, educación física, computación, lectura o carpintería. Actividades que, según advierten sus docentes, ayudan a reforzar la tarea pedagógica, contribuyen a evitar la repitencia y, sobre todo, contienen a niños vulnerables al riesgo de exclusión escolar y social.

La prolongación de la jornada escolar fue una de las metas de las leyes nacionales de educación y financiamiento educativo. Cuando se sancionó esta última, allá por el 2005, se estimaba que en 2010 el 30 por ciento de los alumnos de nivel primario del país asistirían a establecimientos de jornada completa o extendida. Pero muy poco se avanzó en ese objetivo.

En la provincia, las escuelas primarias públicas son 1.536 y hay alrededor de 50, casi todas en zonas rurales, de jornada completa. Esta semana, el Ministerio de Educación anunció la puesta en marcha durante el año próximo de una experiencia piloto de jornada extendida de seis horas para 15 establecimientos de las ciudades de Rosario y Santa Fe. Todo un desafío, ya que la apuesta no pasa sólo por sumar tiempo escolar, sino nuevas experiencias de aprendizaje.

Para los especialistas en cuestiones educativas, la prolongación de la jornada escolar es una manera de facilitar el acceso de sectores de menores ingresos a posibilidades que sí tienen los hijos de familias con presupuestos más holgados, como expresiones artísticas, idiomas, tecnologías o deportes. Un objetivo imprescindible para construir una verdadera justicia educativa.

Y algo de esto se manifiesta en el edificio de ladrillos visto que se levanta en Seguí y Grandoli, frente al enorme paredón de una fábrica abandonada y en medio de las casas del barrio Tablada. La experiencia se inició a mediados de los 40 y a algunos metros de allí, en Ayolas y el río, como una escuela hogar para los hijos de los trabajadores portuarios. En enero de 1985 se mudó a la escuela Justo Germán Deheza y si bien oficialmente mantiene su denominación de "seminternado", ahora todos la llaman "el semi".

Silvia Giacobi está al frente de la escuela desde hace cuatro años. Y defiende con entusiasmo el proyecto escolar que, explica, "ayuda a fortalecer las trayectorias educativas de los alumnos, sobre todo en lo que hace a la lectoescritura, y genera condiciones para la igualdad de oportunidades ya que acceden a propuestas que sólo les puede brindar la escuela".

Para llegar al semi hay que cruzar el patio y atravesar un hall lleno de libros, juegos y películas. Después un cartel da la bienvenida a los salones. Pero en ese pasaje, muchas cosas cambian: ya no hay grados, hay secciones que comparten, por ejemplo, los chicos de 2º y 3º o los de 4º y 5º; y tampoco hay tiempo para estudiar o para descansar, ni recreos ni campanas.

   No todos los alumnos de la escuela tienen doble jornada. De los 407 alumnos que cursan de 1º a 7º grado, por la mañana y por la tarde, unos 80 de 2º a 5º prolongan su estadía en el turno contrario. “No todos los chicos pueden estar ocho horas en la escuela, quienes asisten al semi son niños cuyos padres trabajan y no tienen quien los cuide, aquellos cuyas maestras consideran que necesitan un refuerzo pedagógico o los que están en situación de calle”, cuenta Emilse Tabari, una de las cuatro maestras del semi.

   Como sus alumnos, María del Carmen Soria comparte su tiempo entre las clases normales y las del semi. “En estas escuelas cuatro horas de clases nunca alcanzan. Son chicos que pasan mucho tiempo en la calle o jugando a la play y se acuestan tardísimo. Muchas veces hasta les cuesta estar sentados. Por eso disfrutan de los talleres, porque tienen más libertad y más variedad de actividades”, apunta. Y ambas destacan que la jornada completa no cumple sólo una función social, que de por sí no es menor, sino que es un espacio sumamente valioso para mejorar la tarea pedagógica.

Con música. Las aulas del semi tienen pizarrón y bancos como todas, pero también hay equipos de música y rincones para jugar en el suelo. Según los días, el tiempo se reparte entre repasar las tareas y aprender ajedrez, o leer y hacer educación física. Para los chicos, “quedarse después de hora” ya no aparece como amenaza o castigo. “El semi está buenísimo”, asegura Ezequiel y si se le sigue preguntando, incluso lo calificará como “mejor que las clases, porque se hacen mucho más cosas”.

Micaela muestra los dibujos que hizo de la huerta, donde los tomates, los zapallitos y las lechugas aparecen prolijamente apilados, unos sobre otros. Con el mismo entusiasmo, otros nenes leen, repasan las tareas o explican las instrucciones del juego de la memoria. “Esto lo hicimos nosotros”, cuenta con orgullo Dante mientras señala los percheros de colores o los tableros de Ta Te Tí que construyeron en el salón de carpintería del taller manual Nº 137 que funciona en la misma escuela.

   “Nunca nos aburrimos, siempre hay algo para hacer”, destaca Cristina Vera, otra de las maestras. “Acá el tiempo pasa volando, ellos no se cansan y para nosotros es un gusto verlos disfrutar de este espacio”, afirma después.

¿Te gustó la nota?

Dejá tu comentario