Viernes 04 de Noviembre de 2011
La noche del jueves 13 de octubre marcó para Cirila Aguirre, de 45 años, una línea en su vida. A las 21.30 dos maleantes intentaron robarle su cartera en Pineda y Frías, en la zona sur de la ciudad. Ella se resitió un poco y uno de los atacantes le disparó con una tumbera. La perdigonada la desfiguró, tiene un agujero en la mitad de su rostro y dice con fe que por suerte "está viva". Ahora la policía allanó la casa de un hombre apodado "Bachi", sospechoso de ser unos de los autores del robo, mientras la víctima dice que sólo recuerda la voz y la altura de quien pudo haberla matado.
El escopetazo calibre 16 fue disparado a muy corta distancia e impactó sobre el costado derecho del rostro de Aguirre provocándole una importante destrucción de tejidos en el pómulo, los labios y piezas dentarias. El sospechoso detenido, Cristian Gastón P., tiene 34 años y un frondoso prontuario. "Se llegó a este hombre por un trabajo de calle y le secuestramos ropa que podría haber usada el día del robo", dijeron fuentes policiales. Y acotaron que "nos reservamos información, pero estamos detrás de elementos que lo incriminarían".
Cirila dice que no "quiere pensar" en lo sucedido y sabe que la esperan varias operaciones para volver a tener el rostro que tenía. Aunque los médicos no le aseguran cuántas serán ni de que tipo. "No ví nada, sólo escuché su voz, que no la voy a olvidar nunca", afirma la mujer. Aquella noche, Cirila estaba en la casa de Roxana, su amiga desde hace muchos años. Alrededor de las 21.30 partió hacia su vivienda de Melincué al 6500, en el barrio Irigoyen y cerca del antiguo apeadero sur.
Caminó dos cuadras y cruzó las vías como lo hizo los últimos 40 años ya que nació y creció en ese barrio. En el cruce clandestino hecho por los vecinos hay dos torres de luz que poco ayudan y varios árboles dispersos. Debajo de uno de ellos se topó con dos hombres parados junto a una moto roja. Los vio y apuró el paso, pero la tomaron por detrás y le apoyaron el caño de la escopeta en la cara.
Mientras la mujer cuenta lo vivido, su hija Lucina la increpa: "Mamá, admití que te mareas". La mitad de su cara está cubierta por un apósito, sus dientes volaron y su rostro entristeció 40 años. Al hablar debe cuidarse de no ensuciarse, no puede comer y se realiza de dos a tres curaciones diarias. "Tengo tres perdigones sobre la mejilla que me duelen, es una puntada permanente", dice.
Dos tiros. "Al muchacho lo sentí cuando me agarró. Estaba nervioso y me pedía plata. No tenía más que una cartera, se la dí y me disparó. No sentí nada en el momento y cuando se subía a la moto disparó de nuevo, pero el cartucho no salió", recurda Cirila como si fuera un cuento en el que ella no fue la protagonista.
Cirila tiene dos hijas y vive a dos cuadras de las vías. Su casa es humilde, de trabajo. Un pasillo angosto lleva a una puerta de chapa. Adentro, la vivienda se divide en dos ambientes por medio de maderas, un lugar pequeño que guarda a una mujer sola. "El barrio no era inseguro y dicen que los que me robaron no son de acá. Cuando se fue, el que me baleó nombró a su compañero, fue lo único que escuché", dijo la mujer.
El escopetazo la invadió. "No sentí nada, será por los nervios" dice ahora, veinte días después. Esa noche Cirila caminó unos 100 metros hasta su casa y allí la encontró Antonio, su cuñado: "El iba a buscar a mi mamá, me vio y me cargó en el auto", cuenta la mujer. El hombre dijo que Cirila "sostenía lo que le quedaba de rostro con su mano".
Terminó en el Hospital de Emergencias donde la curaron. "Perdoname, me volaron todos los dientes. No me lo voy a olvidar en mi vida", le dijo a su hija aquella noche. La mujer ahora espera que los dias pasen, que pueda operarse, que su vida vuelva a ser su trabajo cuidando enfermos y que sus hijas sepan que la madre está bien, que no llora más por los mínimos rincones de la casa.