Jueves 09 de Diciembre de 2010
Santa Fe se inspiró para su reforma penal en el modelo chileno. Y justamente la parte más frágil del sistema trasandino, que tiene la tasa de encarcelamiento más alta de Latinoamérica, está en las prisiones.
Algo parece una paradoja y no lo es. Chile construyó en diez años un sistema de persecución eficiente con un modelo de juicio dinámico. Pero esa eficacia se tradujo en perseguir la criminalidad poco compleja. Eso implicó que el modelo derive personas a las cárceles incesantemente y éstas se vuelvan una picadora de carne.
Cualquier país tiene un límite físico para albergar presos. Y Chile no logró elaborar una alternativa sólida que ofrezca a los infractores por delitos pequeños algo distinto del encierro como puede ser la probation o la prisión domiciliaria.
En consecuencia un sistema eficiente, que detiene y condena, no hace sino apilar reclusos, muchos de ellos por delitos leves, en espacios explosivos de precariedad y hacinamiento. Esas condiciones son las que generaron la masacre de ayer en San Miguel: en una cárcel de 1.100 plazas había 1.960 personas.
Víctor Moloeznik, director de Transformación del Sistema Penal en Santa Fe, explica que el desafío de un nuevo sistema de juicio es que la ampliación de la persecución de delitos se dé con la ampliación de medidas alternativas al confinamiento. "De otra forma no hay cárcel que aguante".
"Si se pretende un modelo eficiente hay que construir un sistema serio de medidas alternativas. Decir serio implica garantizar el control de esas medidas. Si resuelvo que todas las personas condenadas por delitos no graves vayan a la cárcel éstas van a estallar. Pero si resuelvo que haya prisión domiciliaria para estos casos tiene que haber un seguimiento estricto. Si a una persona que debe estar sancionada en su casa los vecinos la ven en la calle haciendo las compras el sistema pierde legitimidad. Y si todo el mundo va a la cárcel el efecto inevitable es el colapso", analizó Moloeznik.