Jueves 18 de Junio de 2009
Probablemente muy pocos aspirarían a ocupar el lugar que deja vacante Fernando Peña. Es que el gesto que elegía el actor era como caminar por el borde de un cristal afilado. Era la zona de riesgo que todo artista reclama como propia de su actividad. Encaraba al público con actitud desafiante y por momentos con la santa cólera que le producía todo lo malo que hay en el mundo.
Como un auténtico artista del Romanticismo al que un viaje en el tiempo le haya dejado cicatrices, tatuajes, aros, el esmalte de las uñas descascarado y la lengua afilada. Algunos podrían haber pensado que encarnaba actitudes propias de un divismo oscuro y, finalmente, escasamente comprendido. Gustase o no gustase lo que hacía en escena, Peña tenía el don de encender algunas alarmas. Pero en el diálogo sorprendía como alguien muy formal y nada provocador aunque sus espectáculos apelasen a pegar una trompada en la cara del espectador. Pero detrás de la fachada compleja y el desasosiego latente de su discurso, aparentemente no había tantos cortocircuitos. Leer "Gracias por volar conmigo" también es una sorpresa. Allí relata su experiencia como comisario de a bordo. El efecto es como una charla plácida con un tipo con todas las cualidades más refractarias a su estilo: cálido, inocente, amable, irónico. Desde el título dirige una declaración de humildad al hipotético lector.
Durante una charla con este diario contó: "Trato de ofrecer un producto crítico de la hipocresía y de la falta de amor social que hay últimamente. Eso es lo que a veces creo que no se ve cuando termina la obra. Algunas personas no pueden percibir la decantación del guión. Se quedan en la forma y no en la esencia". Esa misma "esencia" esquiva a una primera mirada, que intentó mostrar en su libro y que no siempre fue posible advertir.