Sábado 01 de Septiembre de 2012
El científico Julio Montaner, radicado desde la década del 80 en Canadá, aseguró que es "difícil" decir cuántas horas trabaja por día porque "esto es parte de mi vida", y ejemplificó que cuando se encuentra con su amigo e infectólogo Pedro Cahn "no hablamos de fútbol, como todos los hombres, sino de sida".
Hijo de Luis González Montaner, un médico pionero en la investigación de la tuberculosis, Julio Montaner hizo el secundario en el colegio nacional de Buenos Aires y estudió medicina en la Universidad Nacional de Buenos Aires.
"Primero pensé que iba a trabajar con mi papá, de él saqué la mayoría de los conceptos que luego fui desarrollando, pero después sentí la necesidad de crecer en algún lugar donde pudiera desprenderme de «ser hijo de», entonces viajé a Canadá, que era un país donde no se conocía tanto a mi viejo", contó.
Hacia principios de los 80, el joven médico llegó a Vancouver, ciudad en la costa canadiense, donde comenzó a trabajar con pacientes con neumonía.
"Cuando se presentaron los primeros casos de VIH, que ni siquiera sabíamos qué enfermedad era, algunos pacientes tenían complicaciones con neumonías, entonces empezamos con el equipo a trabajar con ellos", recordó.
El primer éxito. Al identificarse la enfermedad, el grupo de Montaner comenzó a investigar distintas drogas, a mejorarlas, hasta que en 1994 realizaron la primera combinación con tres drogas.
"En diciembre de 1995 nos llamaron del laboratorio y nos dijeron que no identificaban el virus en personas que sabíamos que estaban infectadas, fue un resultado que ni siquiera nosotros esperábamos", contó.
El tratamiento con drogas combinadas antirretrovirales, conocido vulgarmente como cóctel, logró impedir la replicación del virus y, por tanto, disminuir la carga viral incluso hasta hacerla indetectable; esto significó que con un tratamiento adecuado el sida pasará de ser una enfermedad mortal a una crónica.
"Siempre quise hacer algo que tuviera un impacto social, algo que tuviera una trascendencia. Nunca me imaginé que iba a poder terminar haciéndolo, pero la vocación para influenciar la medicina, la salud pública y la sociedad siempre estuvo. No tengo palabras para describir lo que se siente", concluyó.