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Trump limita los viajes a Cuba y prohíbe las relaciones comerciales con las FFAA

El presidente de EEUU condiciona las relaciones con la isla a un avance democrático, elecciones libres y la liberación de los presos políticos

Sábado 17 de Junio de 2017

Donald Trump se rodeó ayer de anticastristas en Little Havana, el histórico barrio del exilio cubano en Miami, y se subió al estrado en un teatro que lleva por nombre el de un líder de la Brigada 2506, la que encabezó la fracasada invasión de Bahía de Cochinos en 1961 que quería derrocar a Fidel Castro. La simbología para hablar de sus planes sobre Cuba era clara y la acompañó con una dura retórica anticastrista que no se escuchaba a un presidente de Estados Unidos desde hace más de ocho años. Pero las medidas que pone en marcha no se corresponden con la "cancelación" que anunció de la política de Barack Obama. "Estoy cancelando el acuerdo completamente unilateral con Cuba de la administración previa", manifestó Trump en el teatro Manuel Artime de Miami. "Hoy (por ayer) anuncio una nueva política como prometí durante la campaña electoral".

Trump va limitar los viajes de estadounidenses a la isla buscando impedir toda posibilidad de turismo de los ciudadanos de su país —que por ley lo tienen prohibido pero que lo practican encubiertamente gracias a las flexibilizaciones de Obama— y tratará de que no llegue financiación norteamericana al gobierno de Raúl Castro vetando a las empresas las transacciones con compañías en manos de las fuerzas armadas cubanas. La medida tiene en el punto de mira a GAESA, el brazo empresarial de las fuerzas armadas cubanas, que expertos en Estados Unidos estiman que controla en torno al 60 por ciento de la economía de la isla y el 80 por ciento del sector turístico.

Impacto en la economía

Son cambios importantes que tendrán impacto en la economía cubana cuando entren en vigor dentro de tres meses, una vez se desarrolle la regulación, y que afectarán también a aerolíneas y otras empresas estadounidenses ligadas al sector de los viajes. Solo en los cinco primeros meses de 2017 viajaron a Cuba 285.000 estadounidenses, el mismo número que en todo el año pasado. "Nuestra nueva política comienza con un estricto cumplimiento de la ley estadounidense", dijo el presidente refiriéndose al embargo que suavizaron las flexibilizaciones de Obama.

Trump, además, pone condiciones para avanzar en la relación: que Cuba convoque elecciones supervisadas internacionalmente, que libere a los presos políticos y legalice los partidos. Es lo que califica de búsqueda de "un acuerdo mejor" que el de Obama.

Pero la mayor parte de la herencia del demócrata se mantiene, incluidas las embajadas en Washington y La Habana, que reabrieron sus puertas en 2015 tras más de 50 años de ruptura diplomática. Los vuelos comerciales directos y los cruceros continuarán. Las remesas desde Estados Unidos seguirán fluyendo. Y no reinstaurará la política de "pies secos, pies mojados", que garantizaba residencia a los cubanos que lograban pisar suelo estadounidense y que Obama eliminó poco antes de dejar la Casa Blanca. "Por nada más que un retroceso parcial, Trump nos ha vuelto a convertir en el malo de la película", opinó ya el jueves Ben Rhodes, el asesor de Obama que fue en la sombra el gran artífice de la política de acercamiento a Cuba. "No van tan lejos como la verdadera línea dura, pero sí lo suficiente para hacer daño".

Analistas consultados consideran que el peligro de los cambios de Trump es que permitirán al gobierno de Raúl Castro volver a construir un enemigo que le sirva de excusa. "El gran riesgo es que refuerce a la línea dura en Cuba y retrase más o estanque las necesarias reformas en el país. La línea dura se sentirá justificada y usará la posición de Trump para argumentar que el gobierno cubano no debería haber confiado nunca en el estadounidense", dijo Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano, un conocido think tank de Washington.

Promesa de campaña

Detrás del giro de Trump está el cumplimiento de la promesa que hizo en campaña a los viejos exiliados anticastristas de Miami para afianzar su voto cuando parecía que Florida sería determinante para la victoria electoral, aunque en su día, realmente, les prometió más de lo que ahora les da. Porque Trump no ha revertido como les sugirió que haría la política de Obama hacia Cuba, que según las encuestas aprueba una mayoría de tres cuartos de la población norteamericana. Podría haberlo hecho solo firmando órdenes ejecutivas. Y tampoco fue todo lo lejos que pretendían el senador Marco Rubio y el congresista Mario Díaz-Balart, los dos de Florida y anticastristas de origen cubano. Tras meses de presión sobre Trump, ayer estuvieron sentados enfrente de él en el teatro. Rubio, uno de los senadores más destacados y poderosos, está en la Comisión de Inteligencia que investiga la presunta interferencia rusa en las elecciones y si existen lazos con la campaña de Trump. La semana pasada fue muy criticado por ayudar al presidente en la comparecencia del ex jefe del FBI James Comey. Dos noches antes había cenado con él en la Casa Blanca. Los legisladores y los anticastristas aplaudieron no obstante con ganas el discurso de Trump, que llegó a vincular al gobierno cubano con Corea del Norte, lo acusó de azuzar la situación venezolana y de amparar a criminales. "Una Cuba libre es lo que lograremos pronto", había comenzado diciendo.

Medidas. Con un fuerte discurso anticastrista, Trump anunció los cambios ante la diáspora cubana en Miami.

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