Hace poco más de una semana que Marcelo Tinelli volvió a la TV con su ciclo "Bailando por un sueño" y con él cumple un cuarto de siglo en las pantallas de TV de buena parte de América. A esta altura uno esperaba que sus críticos hubieran morigerado sus dardos contra el presentador o al menos los hubiesen variado, para no sentir que la cultura local y sus referentes siguen tan estáticos como el presentador argentino, que lleva años sin renovar su propuesta televisiva.
"Por favor, no tinellicemos la política nacional", dijo hace unos años el extinto secretario de la Presidencia, Alberto Breccia, confirmando que, especialmente en la izquierda, sigue habiendo un discurso errático sobre los fenómenos culturales que rodean a los ciudadanos en esta sociedad contemporánea.
Para desesperación de los culturosos locales, Tinellí, en su primer programa, marcó más de 10 puntos de rating y fue por lejos (cuadruplicó a algunos competidores) el más visto de este lado del río de la Plata.
¿Y que pasó? Las críticas surgieron, como cada año de los 25 que lleva en el aire, por su enfoque frívolo y el poder que ejerce desde su lugar, al punto que el término ‘tinellizado' se convirtió en un calificativo (supuestamente negativo) de varios sustantivos: política, cultura, sociedad.
En Uruguay se ha convertido en un aburrido deporte nacional utilizar al presentador argentino para calificar a otros, para advertir con un futuro o presente baldío de contenidos, de un posmodernismo trasnochado en el que supuestamente algunos sectores han caído y a los que hay que rescatar de ese camino endemoniado.
Hay algunas malas noticias; por ejemplo para quienes creen que la ‘tinellización' de la sociedad se basa en la educación y que se trata de un fenómeno argentino exportado. En materia educativa Argentina no solo alcanzó a Uruguay en varios indicadores sino que lo superó en uno bastante central. Entre los jóvenes uruguayos no pobres, el 36 por ciento terminó bachillerato, mientras que entre los argentinos ese guarismo se ubica en el 85 por ciento. Pero entre los jóvenes pobres (presuntamente los más expuestos a este demonio de los medios), en Uruguay terminan bachillerato un 6 por ciento y en Argentina un 42 por ciento. Apabullante, ¿no? Pero visto así parece lógico que Argentina sea el país colonizador y nosotros los colonizados en materia cultural.
Si las críticas contra Tinelli suelen ser más recurrentes y virulentas cuando surgen de gente de izquierda, quizás eso se deba a que aún perdura un cierto hegemonismo izquierdista en el ámbito cultural y, así, algunos trabajadores de la TV y del teatro usan al presentador argentino para pedir más apoyo a los productos locales contra los espectáculos extranjeros que nos llegan por diversas vías. Algunos de estos críticos son los que, cuando les levantan un programa, dicen no haber sido comprendidos por la mayoría, que se trataba de un programa "de culto". Es una de las mil formas que los uruguayos encontramos para disfrazar el fracaso, incluso quizás el fracaso nacional: somos un producto de culto, la gente no entiende.
La incomprensión y fracaso en el que las elites se basan para señalar con su índice a las mayorías presuntamente perdidas en un camino hacia el vacío, son un argumento de doble filo, y no solo para la izquierda. Una generalizada ola de críticas se levantó cuando el hoy presidente de la República, Tabaré Vázquez, parafraseando al papa Benedicto XVI, afirmó que "las mayorías no siempre tienen la razón". A más de uno le vino el chuco democrático y cuestionaron a Vázquez, más para ver si le robaban algún voto que por honesta discrepancia política e intelectual; porque si no es así, si las críticas que le lanzaron a Vázquez son honestas, entonces habría que ponerse de acuerdo en esto de opinar sobre la opinión de las mayorías.
Al parecer, los uruguayos tenemos un accionar bifronte, somos una especie de ente que vive en dos dimensiones. Cuando se trata de elegir las opciones políticas que el sistema de partidos le pone por delante (o cuando deben definir en una consulta si tratar como mayores a los delincuentes menores de edad), exhibe una madurez envidiable, única en la región, y entonces son un pueblo politizado y centrado. En cambio, cuando se trata de elegir el canal de TV que desean, se convierten en zombies babeantes, en unos diletantes que consumen la bosta que se les pone por delante.
Sin embargo, y según los datos de rating de los últimos días, si bien Tinelli lideró con su primer programa, en que estuvieron todos los candidatos presidenciales argentinos (¿a usted no le atrae ese espectáculo de un muchacho de barrio devenido en millonario que tiene a los políticos bailando en una mano?), en su segundo programa marcó menos, y cerró la semana con 7 puntos, por debajo incluso que el principal informativo de la competencia.
Parece sencillo y hasta lógico: el primer programa fue interesante, el segundo ya no tanto y el tercero menos; y así. ¿Es tan difícil de entender el comportamiento del público?
Antes tenía una percepción, cargada de dudas, acerca de que la sabiduría y la realidad palpable sobre los complejos temas que se tratan entre las elites, en el fondo, estaba en los barrios y que el resto participaba de una escena ficticia, donde una cosa es, sí, el ejercicio del poder real, pero otra muy diferente la representación que este poder tiene a la hora del debate público, en el que las elites política, de medios y culturales participan, porque pueden y porque el sistema así lo requiere.
Luego de ingresar al periodismo, de transitar 30 años como un voyeur por dentro del mundo político y haber conocido a algunos popes de la cultura local, ya no dudo, tengo la certeza de que es así.
Gabriel Pereyra / El Observador (Uruguay)