Lunes 20 de Abril de 2009
En estos tiempos de violencia e inseguridad, muchas voces se alzan pidiendo pena de muerte. Ahora bien, quisiera que antes de emitir un juicio, hiciéramos un pequeño razonamiento. Esa persona que hoy queremos sacar de nuestra sociedad, ¿qué infancia tuvo? Seguramente un padre encarcelado en Coronda, un abuelo en Batán, un tío muerto por la policía, una madre prostituyéndose por las calles para traer algo de dinero a casa, unos hermanos (por docena) muertos de hambre y frío, dándole al paco en las esquinas. ¿Tuvo las mismas oportunidades que tuvimos usted y yo? ¿Pudo ir todos los días a un colegio, tuvo la oportunidad de aprender y crecer? ¿Tuvo un padre trabajando en una fábrica o un taller, una madre que lo esperara en casa preparándole la merienda, revisándole la tarea? ¿Tuvo, en definitiva, un hogar? La Madre Teresa de Calcuta dijo: "La paz del mundo comienza en el hogar". Con hogares destruidos, con falta de fuentes dignas de trabajo, con
ayudas indignas y esclavizantes por parte del Estado, con una educación cada vez más ocupada en la copa de leche que en los contenidos, ¿qué podemos esperar que salga de nuestra sociedad? Es como tener un perro en el fondo de la casa, encadenado. Y salir todos los días a pegarle, manteniéndolo medio muerto de hambre, sed y frío. Y al primer día que, enloquecido de furia y dolor, nos muerda, querramos matarlo "porque es un peligro". ¿Quién lo crió, y cómo? Qué podemos seguir esperando de esta sociedad, de nosotros mismos, si no cambiamos desde la base. No pido pena de muerte. Pido justicia. Pido educación. Pido trabajo digno. Pido igualdad de oportunidades. Pido que, como sociedad, dejemos de condenarnos a muerte con cada chico pidiendo en las calles, con cada joven sin ocupación, con cada adulto sin trabajo, con cada anciano sin jubilación digna. Comencemos a exigir y a construir un país de provecho. Y ya no será necesaria la pena de muerte, porque estaremos todos ocupados en ser útiles a nuestra sociedad.
Luz Fernández,
luzmarina10@arnet.com.ar