Sábado 28 de Mayo de 2011
Era un día de la semana pasada. Parecía a propósito que lloviera tanto. Era mediodía y había ido a buscar a mis hijas al colegio. Camperas, dos mochilas, cartera, todo lo pensado cuando uno retira niños en edad escolar de cualquier establecimiento. Hasta allí, la obligación de una madre. El intento de regresar a casa no fue tan sencillo como, al menos, una esperaba. En la esquina del Normal Nº 1 le hice señas a un taxi que, milagrosamente, estaba vacío. El chofer bajó el vidrio y casi tuve un ataque de emoción. El chofer preguntó hasta dónde iba. Le dije que hasta Mitre y Urquiza. Me dijo "ah no, hasta ahí no..." y subió raudo la ventanilla para de igual modo poner primera y marcharse. Creo que su familia habrá sentido alguna vibración... Mi indignación crecía a medida que, inútilmente, caminaba bajo la insoportable lluvia junto a mis hijas que, a esa altura, ya parecían dos pollos mojados. Y los taxis, bien gracias. ¿De qué servicio público hablamos? Aparentemente no sólo falta cantidad, sino calidad humana. No me importa si por la lluvia o la hora pico o la cantidad de autos circulando por la zona céntrica ese taxista no quiso llevarme. El cumple una función social y debe respetarla. Cosas de derechos y obligaciones que le dicen.
Marcela Sagarese