Tala de árboles: civilización y barbarie
Hace unos días, los comentarios de unas personas me obligaron a salir de casa. Un grupo de operarios, tres, creo, con motosierras, talaban despiadadamente un otrora hermoso jacarandá.

Miércoles 13 de Febrero de 2013

Hace unos días, los comentarios de unas personas me obligaron a salir de casa. Un grupo de operarios, tres, creo, con motosierras, talaban despiadadamente un otrora hermoso jacarandá. La semana anterior, en la otra cuadra, había sucedido lo mismo. Aún se ven los troncos, mutilados en sus cazuelas. Lo mismo pasaba hoy frente a una bella casa de Pte. Roca al 400 a la que los turistas sacan fotos por ser parte del patrimonio urbano. Los comentarios eran fuertes. "Son de Parques y Paseos", aclaró uno. "Y tercerizados, les pagarán horas extras", agregó otro, no sin malicia. "Por destrozar los árboles plantados por la misma Municipalidad tiempo atrás", interrumpió otra mujer y añadió: "Qué locura, cualquiera sabe que se plantan árboles en los meses que no tienen "R", es decir de abril a septiembre. Están dejando las calles como un desierto de cemento. Seguro que es otro negociado. Y para colmo los reponen por arboles tan frágiles que ya están secos por el calor. Qué horror. Y ahí decidí intervenir. No, expliqué. Esto no es negociado. Es ignorancia, inconsciencia y fuga de cerebros. Pues parece que el sentido común se fugó. Pero escuchen lo que aprendimos en la escuela primaria allá lejos y hace tiempo. El árbol, nos enseñaban, fue siempre un símbolo de civilización, de asentamiento. El árbol crece con pocos cuidados. Es económico. Agua, tierra y ya está. ¿Y saben lo que nos da? Calidad de vida, pues mejora el medio ambiente. Nos da alegría, color, sombra, y en este agobiante verano rosarino, nos protege de una segura insolación. ¿O por qué las veredas no arboladas están desiertas? En invierno, el árbol da leña para calentarnos. Y mucho más. A través de nuestra vida nos acompaña con su madera , con la primera cuna y el primer juguete, el primer lápiz y el cuaderno y el pizarrón para la escuela .Y los escritorios y bancos del aula y los marcos de los retratos de San Martín y Belgrano y la cruz que cuelgan de las paredes. En nuestras casas, la mayoría de los muebles son aún de madera a pesar del plástico y otros materiales. Y hasta da su madera para el ataúd con que nos enterrarán si no elegimos ser cenizas esparcidas al viento, remarqué. A esta altura, reinaba un silencio profundo entre los que formábamos ya un pequeño grupo. Proseguí. Un árbol es vida. El verlo crecer, el proceso de ver sus ramas, cubrirse de hojas en primavera, disfrutar de su fragancia , colorido y floración en verano, de la caída de hojas en otoño y de su desnudez invernal para revestirse nuevamente de hojas en primavera, es un proceso comparable a nuestra existencia. Esto, señalé al árbol mutilado, es una falta de respeto y de amor hacia el medio ambiente. ¿Y saben? Es afear la ciudad. Y ya bastante se castiga a Rosario para agregar algo más. Los invito a que defiendan la belleza y la civilización, cuidando el árbol, si ustedes opinan como yo. Y usemos el sentido común sin prejuzgar de acomodo o negociado. Es sólo una cuestión de respeto que desde ya, falta en muchos órdenes. Pero hoy hablo en defensa de estos amigos, los árboles, que en Rosario no mueren de pie y que me hacen recordar el título del libro de Domingo F. Sarmiento, Civilización y barbarie. Y entre aplausos y con el corazón contento volví a mi casa. 

Cristina J. Goytia.
DNI. 2.753.757