Sureñas

Martes 02 de Mayo de 2017

Hace unas semanas la televisión mostraba a las orcas en plena temporada de caza de crías de lobos marinos, que no son excluyentes de la dieta de esos grandes delfines. Así, entre marzo y abril, y entre octubre y noviembre, una multitud de turistas viajan hasta la península Valdés para ver los sigilosos acercamientos y explosivos desenlaces de los grandes cetáceos que terminan su furiosa embestida con medio cuerpo fuera del agua y un torbellino de agua y espuma cubriendo todo como un manto piadoso.

Pero esa tensa espera del llamado drama (un animal muere para que otro siga viviendo) que tiene por escenario las loberías empaña tantas otras cosas que también está ahí, pero necesitan de un ojo curioso para ser advertidas. No es difícil que desafiando el viento, siempre presente, aparezcan las maras (unas liebres con las patas posteriores muy desarrolladas) saltando con una velocidad increíble, o que se pasee alguna cría de guanaco con reverencial resquemor a las personas, o las gaviotas y petreles que dominan el arte del vuelo con pasmosa habilidad.

Pero hay otro actor que subyuga y atrapa, el mar. Cambia de color a medida que uno se aleja de la costa. Y la música de las olas, que nunca de detiene y que ofrece innumerables y hipnóticas variaciones. Cada tanto, en forma regular, rompe una ola que es más grande que las anteriores y renueva el espectáculo de espuma y agua en el aire. Los arbustos mantienen esa danza a la que los obliga el viento, se desperezan y sacuden el polvo beige formado por tierra, arena y partículas de las caparazones de almejas, caracoles y estrellas de mar.

Eso y tanto más pasa desapercibido para los cientos de ojos que miran, en trance, las altas aletas triangulares que se acercan sigilosamente a la costa.