Miércoles 25 de Junio de 2014
Sueño con que alguna vez mi país me permita participar de un justo homenaje rendido a mi Bandera. Cualquier día. Un 27 de febrero, un 20 de junio, un 3 de junio. Lo importante sería la distinción. Sueño con verla flamear en lo alto, posando su mirada de satisfacción sobre sus hijos argentinos. Sus hijos pequeños, que aún no la entienden pero esbozan su sonrisa intrascendente, contagiados por el cosquilleo gozoso de libertad y paz que les transmiten sus mayores. Sus hijos animosos, que se levantan temprano cada día para cumplir con sus trabajos de sueldos dignos, con los que llevan el pan a la mesa de su familia. Sus hijos estudiantes que dedican sus horas a proyectos superadores, formativos. Sus hijos deportistas que congregados en la actividad física, conforman la salud del cuerpo y de la mente. Sus hijos solidarios que observando las necesidades ajenas, entregan preciosas horas de sus vidas para solucionarlas. Sus hijos profesionales que, devolviéndole a la sociedad lo que ella les brindara oportunamente, recorren con decoro el diestro camino elegido. Sus hijos artistas que, a través de la cultura en todas sus expresiones, forman y conforman una sociedad pensante, capaz de reír, jugar, soñar, con la libertad que sólo otorga el conocimiento. Sus hijos que no escatiman ni escatimaron sus vidas por defenderla. Sus hijos enfermos que se sienten asistidos, siempre. Sus hijos ancianos que transitan su vejez con la dignidad ganada. ¿Y por qué no? Sus hijos dedicados a la política, capaces de recorrer el camino elegido, desde ellos hacia el pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Pueblo que no reclamaría nada, porque no habría nada que reclamar. ¡Ay bandera argentina! ¿Acaso no es lindo soñar? Si así fueran las cosas... ¡qué justo sería el homenaje en el que todos, hermanados y a tus pies, jugando, amando y solamente con colores celeste y blanco en nuestras manos, entonáramos las estrofas de nuestro Himno Nacional!
Edith Michelotti