Miércoles 24 de Agosto de 2011
Así como decíamos respecto a los crímenes de la dictadura “no hubo errores, no hubo excesos...”, ahora, con el crimen de las francesas podríamos proclamar “no hubo depravados, no hubo psicóticos...”. Los vecinos y compañeros de trabajo se extrañan. “Son todos buenos muchachos que conocemos desde hace mucho”. Y tienen razón, son gente común, pero tienen metida bien adentro la violencia de los que dan el ejemplo y el desprecio por los que consideran débiles e inferiores, entre ellos las mujeres. No es el instinto, ni las hormonas, ni la excitación lo que lleva a un varón a violar a una mujer, sino las ideas y los ejemplos que se le han metido en la cabeza desde que nació. Las mujeres conscientes y organizadas se defienden gritando. “¡Cuando una mujer dice no, es no!”, pero son muchos los varones que piensan que “las mujeres son todas unas putas”, sin excluir a buenos padres de familia, buenos hermanos, buenos policías y hasta buenos jueces. Los que ordenaron fusilar a los trabajadores de la Patagonia Rebelde, los que tiraron al mar a prisioneros políticos, los que permitieron los asesinatos de Kostecky y Santillán, del maestro Fuentealba, los que mandan a repeler a golpes y balazos manifestaciones pacíficas en Santiago de Chile, Londres, Madrid, Atenas, Gaza, los que ponen y sacan gobernantes en Irak, Afganistán, Túnez, Egipto y Libia, desprecian y pisotean la condición humana. Y son los verdaderos maestros de los violadores y de los padrastros incestuosos que ejercen violencia contra los más débiles que tienen a su alcance. Sin ninguna duda esos delitos deben ser castigados, pero el castigo resultará poco efectivo si se detiene, por ejemplo, en la Quebrada de San Lorenzo, en Salta, sin resistir y combatir a los grandes "prepotentes y violadores" que hacen girar el planeta cabeza abajo.
Héctor Bonaparte,
DNI. 6.205548