Jueves 24 de Junio de 2010
El 25 de abril de 2011 se cumplirá el centenario de la muerte de Emilio Salgari, genial creador de personajes de la talla de Sandokan y el Corsario Negro, entre muchísimos otros. Como el final de la mayoría de sus personajes, el de Salgari no fue feliz: tomó la daga y, siguiendo un rito japonés, se abrió el vientre. En su carta de despedida acusó a sus editores de haberlo hundido en la miseria. Lo que no imaginó es que, de haber vivido lo suficiente, habría visto cómo sus héroes, los piratas, lo despojaban del fruto de su trabajo.
Los últimos mohicanos. Semanas atrás, La Capital informó la inminente desaparición de una tradicional disquería de nuestra ciudad, una de las últimas sobrevivientes de su especie. Nada nuevo: otra víctima de la piratería intelectual. Se sabe que es ilícito reproducir una obra –musical o literaria, por ejemplo– sin la autorización de su autor. La ley es clara. Ahora bien, ¿es justa? Las opiniones se dividen, casi a la par de los intereses. ¿Qué es el pirata? ¿Un delincuente de guante blanco? ¿Un justiciero social que permite que grandes sectores de la población accedan a bienes que por la vía legal les resultarían inalcanzables?
Borges y Los Auténticos Decadentes. La literatura da cuenta de una larga lista de piratas de lo más atractivos, saqueadores de las grandes potencias, que luego repartían generosamente el botín entre sus seguidores y los más necesitados. Jorge Luis Borges dedicó un soneto al ciego Pew, "el bucanero ciego que fatigaba los terrosos caminos de Inglaterra".
En el ámbito de la música, valga como muestra de esta simpatía un conocido hit contemporáneo, predilecto a la hora del "trencito" en cualquier fiesta que se precie: "Somos los piratas, amigos de la noche, los gatos y las trampas. Somos los piratas, después del cabaret nos vamos para el sauna".
Desconozco a quién se le ocurrió tildar de "piratas" a los proveedores de mercadería en infracción de los derechos de propiedad intelectual. Fue un error: el tiempo y la distancia han permitido que un halo de romanticismo heroico envolviese a la figura legendaria del pirata. Como estrategia de "marketing", no fue la mejor jugada.
Delitos de cuello blanco. El "proveedor" de mercadería en infracción a la propiedad intelectual viola la ley. Y no me refiero al "mantero" –en definitiva, otra víctima del sistema–, sino a la enorme industria que hay detrás. La sanción que el legislador le impone no es arbitraria. Lo saben bien sus víctimas. En concreto, ¿quiénes se inmolan ante el altar del pirata? En primer lugar, los titulares de la propiedad intelectual: músicos, escritores, inventores y toda persona que con su talento enriquece nuestro acervo cultural y tecnológico.
También nuestro país paga el costo de la piratería: 1) Las empresas son reacias a invertir en países en los que sus productos pueden ser falsificados. 2) La mercadería falsificada desprestigia los bienes producidos en nuestro país, frente a los consumidores extranjeros. 3) El deterioro del sistema de propiedad intelectual afecta el desarrollo de negocios, ralentizando la inventiva y disuadiendo de invertir a quienes pretenden desarrollar nuevos productos y mercados. 4) El Estado sufre una pérdida directa en sus ingresos, dado que los falsificadores suelen actuar en la clandestinidad y no pagar impuestos. Por último, también se perjudican los consumidores de la mercadería pirata. El perjuicio es claro para el consumidor de buena fe, que adquiere el producto ignorando su origen ilícito. Pero también se perjudica quien compra el producto falsificado sabiendo que lo es. En primer lugar, porque si el producto es de mala calidad podría causarle daños. Además, es posible que el adquirente incorpore el producto ilegal en la prestación de un servicio, afectando a sus consumidores. Tal podría ser el caso, por ejemplo, de la compra de partes o repuestos de vehículos de transporte, cuya defectuosa calidad podría tener, y ha tenido en más de una oportunidad, consecuencias nefastas. Finalmente, y aun prescindiendo de las contingencias referidas, la sociedad toda se perjudica por el retraso tecnológico y cultural que genera un sistema de propiedad intelectual defectuoso.
Salgari 2010. La piratería ya arrasó con la industria de la música. Temo que pueda ocurrir otro tanto con el sector editorial, a medida que se digitalizan sus contenidos. Estamos a tiempo de evitarlo.
A propósito, me pregunto a quién hubiese dedicado su carta Salgari, de haberla escrito en nuestros días. No a sus editores, seguramente, sino a quienes hoy son el verdadero flagelo de los creadores: la industria proveedora de mercadería en infracción a la propiedad intelectual. Los "piratas". Con todo, a Salgari le quedaría el consuelo de saber que Sandokan no se hubiese sumado a la banda: se habría reservado para causas más dignas de su arrojo.
(*) Director académico de la Maestría en Propiedad Intelectual de la
Universidad Austral