Martes 02 de Diciembre de 2014
Muy bien por la nota 10º aniversario de El Cairo, de Rafael Ielpi. Digna de su autor. Conocí la anterior etapa del emblemático El Cairo. Fidel Pintos, sobre una pequeña tarima, en la ochava, improvisaba sus irreproducibles sanatas. Mozos de saco blanco y pantalón negro, con muchos años encima, callordas, recogían los pedidos que no anotaban. Sus cerebros, en algún lugar, retenían todo. Alguien me dijo una vez que la computadora no es más (ni menos) que el maravilloso cerebro humano al que científicos, videntes, adivinos, lo siguen estudiando en indagación de su secreta y formidable conformación. Se podrá saber usar hasta lo insólito de las nuevas técnicas, pero había o hay un olvidado soneto que decía sobre cuál debía ser la forma del soneto y a la pregunta de qué se pone adentro, respondía talento. Me disculpo de lo antedicho que es como un adjunto aunque no está demás recordar lo de adentro. Pero en estas líneas me detengo en la Mesa de los Galanes. Está quedando vacante; sillas vacías, es casi una tristeza. "Todo pasa, todo queda" o parecido, dice algún eslogan superficial de tanta TV. También podría decirse que todo nace, vive y muere, lo que es casi una fórmula hegeliana. Naciste y también emprendés, aunque a largo plazo, el camino del final. Todo se desarrolla "contradictoriamente", aunque de Hegel yo sepa muy poco más que eso. Los "galanes" se fueron; andarán por el Infierno, o en el Paraíso, o en el Limbo. Alguno estará esperando turno. Alguno fue o es mi amigo. La mesa venerada va igualando a las demás después de haber sido venerada, precisamente, vedada, para quienes no eran titulares. No hay suplentes. ¿No hay más galanes? También un criterio podría ser que quede para la memoria, pero para no tropezar con un dejo de tristeza, ¿podría ponerse en algún lugar especial?
Jaskel Shapiro / jshapiro@arnet.com