Sobre hogueras y cenizas
Un adagio muy conocido dice “donde se queman libros luego se queman personas”.

Domingo 02 de Junio de 2013

Un adagio muy conocido dice “donde se queman libros luego se queman personas”. Torquemada y la historia lo confirman. En esta semana que pasó se cumplieron 36 años de un plan siniestro mayor, quemaron más de diez toneladas de material didáctico y bibliográfico de la Biblioteca Vigil de Rosario. Releyendo la “Historia universal de la destrucción de libros”, de Fernando Báez, advierto que nefastas hogueras como ésa han sido frecuentes en todo el mundo. Desde la quema de libros en la China antigua, pasando por la destrucción de las Bibliotecas de Alejandría y de Constantinopla, el fuego de la inquisición, el bibliocausto de los nazis, las quemas en la Guerra Civil española hasta la destrucción de las bibliotecas de Sarajevo y Bagdad. En Argentina hemos sido víctimas o testigos del odio al saber; recordemos que a Eudeba la dictadura militar le quemó noventa mil volúmenes en el predio de Palermo, al Centro Editor de America latina, un millón y medio de ejemplares mientras se incineraban, además, obras de los escritores Eduardo Mignogna, María Elena Walsh, Mempo Giardinelli y Aldo Oliva, entre otros. Muchas editoriales fueron clausuradas o arrasadas como Siglo XXI o Ediciones de la Flor. Se destruyeron libros de Proust, García Márquez, Freud, Galeano, Cortázar, Sartre, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupery, obras completas de Pedroni, Juan L. Ortiz, libros de texto sobre matemáticas modernas o del tipo “La cuba electrolítica”, y cuentos infantiles por tener tapas rojas o como aquel de Elsa Bornemann llamado “Un elefante ocupa demasiado lugar”, donde se relata una huelga de animales (en el más allá Elsa nos sonríe). Sinrazón, oscurantismo, ignorancia o maldad, quizá todo eso junto, pero es más preciso  decir que se trata del accionar de aquellos que desde siempre le temen al pensamiento; porque no intentan quemar papeles, brujas o herejes sino –aunque sólo por un tiempo– ideas. Algunos libros fueron rescatados del fuego y se encuentran en los respectivos museos, otros se han reeditado y nos recomiendan no olvidar estas hogueras. Por último, estoy seguro que las cenizas del saber evocaran siempre las penurias de Giordano Bruno (quemado vivo) o Galileo Galilei, confirmando un concepto muy lúcido de Ralph Emerson: “Todo libro que ha sido echado a la hoguera ilumina el mundo”.

Omar Pérez Cantón