Miércoles 24 de Noviembre de 2010
En la rotonda que distribuye el tránsito entre la vieja ruta a Córdoba y la calle Wilde hay desde hace años una gran escultura de la Santísima Virgen. No es cualquier imagen, sino es la de la Virgen del Rosario. El hecho no es casual y responde a la historia concreta de nuestra ciudad; la que, precisamente, sin fecha de fundación, el único dato cierto es que la villa inicial de lo que es hoy Rosario creció en torno a una capilla con advocación a la Virgen del Rosario. De ahí el nombre de nuestra ciudad y también el título de fundadora que se le dio a esa imagen de piedad de una importante mayoría de fieles cristianos. Pero queda cierto –más allá de toda creencia– que la Virgen del Rosario y la ciudad a la que le dio el nombre forman parte de una misma historia local que no ofende a nadie. Cómo tampoco ofende –salvando las distancias y las situaciones– que se tengan por fundadores de la cristianísima Roma a Rómulo y Remo, no sin antes ser amamantados por una loba, según cuenta la leyenda. De hecho, la reproducción de esa imagen se encuentra por doquier en esa ciudad e incluso en el Museo Vaticano. Por eso, el 7 de octubre es el día de nuestra ciudad, en coincidencia con la liturgia de la Iglesia que celebra la advocación de la Virgen del Rosario. El asueto o feriado consuetudinario de ese día, no ha generado objeciones de nadie. Y a la tradicional conmemoración religiosa que se hace, que va el que quiere y no son tantos, rigurosamente cuenta con la presencia de autoridades públicas en independencia de sus convicciones religiosas. Pero retomando el hilo inicial de esta carta, en la escultura que motiva estos comentarios hay un detalle simpático: la Virgen no tiene la corona en la cabeza, sino a sus pies. Según se dice, la intención del escultor fue expresar de forma plástica que estando Nuestra Señora en su casa, no necesita llevar la corona. Sin duda, la alegoría le da un toque entrañable e intimista, que tampoco ofende, sino más bien genera una franca simpatía. Todo esto podrá recibir solamente una lectura religiosa, que por cierto lo es, pero como parte de un universo más amplio: se entronca con la cultura, la historia, la sociología y tantos otros aspectos que modelan las tradiciones e idiosincrasia de un pueblo. Por eso hay que respetarlas. Solamente la intolerancia o una renovada furia iconoclasta puede negar este y otros tantos símbolos, que sí alguno hiere es porque no sabe respetar.
Oscar Eduardo Romera, DNI. 13.209.453