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Serenatas rosarinas

Mi tío Urbano aprendió a tocar el bandoneón a los 40 años para dar serenatas. Era albañil y, aunque tenía las manos endurecidas por su trabajo, aprendió.

Lunes 29 de Septiembre de 2014

Mi tío Urbano aprendió a tocar el bandoneón a los 40 años para dar serenatas. Era albañil y, aunque tenía las manos endurecidas por su trabajo, aprendió. Se compró un fuelle alemán en cuotas y cuando pudo tocar un vals y un tango, salió a golpear ventanas. Todos los diciembres le daba una serenata a mi madre, la hermana, para su cumpleaños y era una fiesta. Nosotros, los pibes del barrio, estábamos encantados con la llegada del tío loco que despertaba a todo el mundo mientras, con una sonrisa igual a la de Vittorio Gassman, abría y cerraba el bandoneón entusiasmado, desbordante de emoción y alegría. El tío se lo tomó en serio, empezó a salir todas las noches a celebrar aniversarios, a acompañar enamorados, a rendir homenajes, hasta que mi tía Teresa, su mujer, se cansó y le vendió el bandoneón.

-Tere, ¡dame el bandoneón!- rogaba Urbano.

-No está más, desapareció- decía la tía, y cerraba el diálogo.

Era un acto de amor. No es fácil ser albañil y caminar por los andamios mal dormido. Vivieron muchos años, pero el serenatero no volvió a tocar.

Para nosotros, chicos de barrio Azcuénaga, la serenata era una cosa normal. Nos acostumbramos a escucharlas como a los sonidos naturales de las orillas de las ciudades de entonces. Sirenas de fábricas, trenes que pasaban, pájaros, carros, golpes de herreros, sierras de carpinteros, verduleros, hieleros, afiladores y, de noche, las serenatas.

Hombres en bicicleta silbando un tango, tanos y gallegos cantando y serenateros fueron quedando en el olvido, de a poco, como tantas cosas. Los nuevos tiempos las llevaron por delante, las empujaron al olvido y quedaron como recuerdos lejanos, queribles, de un romanticismo perdido.

Entre esos recuerdos algunas serenatas jamás serán olvidadas. Fueron de una singularidad que las destaca como anécdotas eternas, esas que aparecen siempre en rueda de memoriosos.

El Zorro Milicich, integrante de la Mesa de los Galanes de El Cairo y Carlitos Kusset, un habitante permanente de la bohemia rosarina de los 70, pasaban uno de sus frecuentes encuentros de copas, folclore y conquistas, en una peña de la calle Maipú.

Había cantores, guitarristas, recitadores y un payador. Pasó la noche, las ginebras y los vinos y con las primeras luces del día, ya en la vereda, se escuchó la voz de Kusset: "Muchachos, son las 8. Tengo que ir a despedir a un amigo". Curiosos, lo miraron sorprendidos y remató: "Voy a despedir a Juancito, un amigo que murió".

El Zorro, que no tenía la menor intención de irse a dormir, dijo: "Te acompaño".

Carlitos, emocionado, lo miró, le agradeció exageradamente, con un abrazo y en tono melodramático sugirió: "Le podríamos llevar al payador, para despedirlo como merece, con unas décimas dedicadas a su nombre".

El artista no se hizo rogar y partieron los tres hacia El Salvador, en un taxi. Entraron por avenida Francia y cuando vieron gente agrupada, Kusset le hizo una seña al payador. El gran improvisador bajó el estuche de su guitarra, sacó el instrumento y poniendo un pie sobre un banco, atacó:

"Vaya mi canto sentidoooo, con todo mi corazón

aquí estamos los amigooooos, trayendo nuestra emoción

pa' despedirte vinimoooos, pa' que sientas tu canción

aquí estamos compañero, y siempre estaremos con vos".

El impacto fue tremendo. Todos se dieron vuelta en una reacción automática y fulminaron con la mirada a los intrusos. Kusset, cruzado de brazos, conmovido, asentía con la cabeza los versos del vate popular y fue en ese momento cuando los hombres del grupo, interrumpiendo la milonga, comenzaron a rodear a los trasnochados intrusos.

-¿Ustedes quiénes son?- dijo uno.

-Somos amigos de Juancito y lo vinimos a despedir- se animó el Zorro.

-¡Aquí no hay ningún Juancito! ¡Rajen de acá porque van a cobrar!- dijo uno, mientras el resto los insultaba.

Fue una salida apresurada. Mientras ayudaban al pobre payador a guardar el instrumento, Carlitos, con su habitual tranquilidad, murmuró: "Se ve que este no era mi amigo. Tendríamos que haber entrado por Ovidio Lagos".

Volvían en otro taxi, el artista adelante, con su guitarra abrazada, callado. Desde atrás se escuchó la voz de Kusset que mirando al compañero dijo: "Para mí, como Chanel con Pugliese, nadie cantó mejor Farol".

El sol ya pegaba fuerte y les hacía entrecerrar los ojos enrojecidos, de función continuada e insomnio permanente.

-¡Zorro!- gritó Kusset- Te juego un ajedrez.

-Chofer, al bar La Capital, el de enfrente del diario- ordenó el payador.

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