Lunes 08 de Febrero de 2010
Hoy me levanté temprano. Encendí el televisor y puse el noticiero. Estaba en la cocina preparándome un café cuando escuché la noticia, y de pronto me sorprendí revolviendo el café como un autómata, mi mano ocupada en innecesarios movimientos circulares, y la mirada fija más allá de la ventana, más allá de la calle. Más allá. Mucho más allá. Necesito escribir. Es mi manera de compensarme, de equilibrarme, de corporizar la situación. Claro que no es la única. Muchos otros utilizan muchas otras maneras, pero la mía es esta. Mientras enciendo la computadora, mi memoria empieza a hacer de las suyas y me transporta a ese frío mes de agosto de 1997 en Buenos Aires. Pablo llegaba al mundo, a nuestro mundo, y ahora, al recordarlo, se me escapa una sonrisa. Creo que no fue una buena idea mencionar, en la aséptica sala de partos y rodeado de profesionales de la salud, que mi mayor deseo para ese pequeñísimo pedazo de vida era verlo leproso. Cuando ya tuvo edad suficiente como para mancharme los pantalones con mocos más arriba de las rodillas, comenzó a priorizar los canales deportivos por sobre los infantiles. Rápidamente el fútbol ocupó un lugar preponderante en sus preferencias, llegando al extremo de obligarnos a compartir en familia un partido de la liga de fútbol de Botswana. Los reclamos para que lo llevara a la cancha no se hicieron esperar, y en este punto debo confesar un conflicto personal. Hacía muchos años que yo no iba a la cancha, por lo que ir con él por primera vez me producía excitación y miedo por partes iguales. Finalmente accedí. Fuimos al monumental a ver River-Newell's y nos ubicamos en la platea del local. "Así vemos mejor a la hinchada de Newell's", fue mi absurda explicación cuando me preguntó por qué estábamos rodeados de hinchas de River. Afortunadamente el partido terminó sin goles. Desafortunadamente, la violencia estuvo presente. Salí entre las patas de los caballos de la policía montada con mi hijo tomado fuertemente de la mano, y nos alejamos del estadio. Hoy me levanté temprano. Encendí el televisor y puse el noticiero. Estaba en la cocina preparándome una taza de café cuando escuché la noticia. "Murió el hincha de Newell's baleado en una emboscada". No. Discúlpenme, pero la noticia es incorrecta. No murió un hincha. Quien murió es Walter, un chico de sólo 14 años cuyos sentimientos y sueños no debían ser muy diferentes de los de mi hijo, hoy de 12. El fútbol es pasión, es sentimiento, es venalidad. Pero quien crea que estos hechos son una realidad indivisible e inevitable del fútbol, es un pelotudo. No es mi estilo utilizar palabras vulgares o agresivas. No lo hago en el trato diario, y tampoco cuando escribo. Sin embargo, el querido y recordado Roberto Fontanarrosa (que eligió no ser leproso a instancias de Zeus, dios del Olimpo, quien lo obligó a tener al menos un defecto terrenal para no ser considerado una deidad) demostró con argumentos irrefutables que a veces son necesarias. Durante el Congreso de la Lengua realizado en Rosario en el año 2004, el querido Negro realizó una magistral defensa de las malas palabras. "Cuidémoslas, porque las vamos a necesitar", dijo entonces. Y yo hoy las necesité.
Patricio Carranza