Miércoles 15 de Febrero de 2012
Héctor Félix Bravo fue sin duda alguna uno de los dirigentes políticos más lúcidos y honestos que tuvo nuestro país en el pasado siglo. Figura relevante en las diversas facetas de su personalidad, nació el 13 de febrero de 1912 en Lomas de Zamora. Graduado de abogado siendo muy joven, abrazó fervientemente los ideales del Partido Demócrata Progresista, donde abrevara el pensamiento de Lisandro De La Torre. Polifacético en grado sumo; en sus años de juventud, alternaba la militancia con la profesión de jurista, sumado esto junto a sus otras dos grandes pasiones: la educación y la práctica de diversas disciplinas deportivas (boxeo, básquet y rugby) por citar algunas. Como dato curioso vale mencionar que su fervor hacia los deportes lo tuvo hasta edad avanzada. Fue un significativo pedagogo y un defensor a ultranza de la educación pública y laica. Para Bravo, la educación era un derecho y una obligación. Profesor de fuste en diversas áreas (lógica, psicología, filosofía e historia argentina), durante varios años fue investigador del Instituto Di Tella y tuvo activa participación en Eudeba. En el partido de marras ocupó diversos cargos: secretario general de la Junta Ejecutiva Metropolitana, presidente de la Convención Metropolitana, miembro de la Junta Ejecutiva Nacional, diputado nacional, vicepresidente primero del Congreso nacional, vicepresidente primero del Bloque Demoprogresista hasta su desafiliación partidaria a finales de 1988. Conocí a Bravo en mi niñez a través de la férrea camaradería que tenía con mi padre. Eran contemporáneos y cultivaban el mismo pensamiento político. Compartieron listas en las elecciones de 1958 y 1960, y en las internas de 1960. Bravo venía a Rosario para las convenciones partidarias, que generalmente se desarrollaban en el otrora Hotel Italia. En más de una ocasión dejaba algunos compromisos de lado para almorzar en mi casa. Escuchar las jugosas conversaciones entre el invitado y mi padre era una verdadera lección de civismo y de compromiso con los ideales elegidos. La amistad entre ambos se ve plasmada en el sinnúmero de epístolas intercambiadas a lo largo de los años, hasta la muerte de mi padre hace algo más de dos décadas. Hombre de sólidos recursos intelectuales, al llegar al Parlamento de la Nación en su calidad de diputado nacional, bregó por una educación más accesible para todos los sectores de la sociedad. Creía con certeza en la educación como un verdadero instrumento para el desarrollo popular. En la veintena de libros de su autoría dedicó varios ensayos biográficos a la figura de Sarmiento. Se desempeñó como vicepresidente segundo de la Academia Nacional de Educación, tarea en la cual se reflejaba su pensamiento claro y concreto. Quizás, el mérito más grande de Bravo es el de haber sido un genuino idealista en el sentido más amplio de la definición. Siguió sus convicciones durante toda su vida y dejó en el quehacer político de la Nación una impronta que muy pocos dirigentes han logrado igualar hasta el presente. No se corrompió. No claudicó. Falleció a la edad de 90 años.
Lisandro Itzcovitz