Lunes 16 de Marzo de 2009
Aún no está claro si los hombres contaban con información precisa de lo que iban a encontrar o si para ellos fue una gran sorpresa el monto del botín con el que se alzaron. Lo cierto es que los cuatro delincuentes que la tarde del sábado irrumpieron en una vivienda de la zona de la terminal de ómnibus, tuvieron un jugoso resultado. Se llevaron 40 mil pesos, 10 mil dólares y varias alhajas tras inmovilizar a dos hermanas entrerrianas, de 18 y 22 años, y a la abuela de las chicas, una mujer de 86 años. Para concretar el golpe, los maleantes no lastimaron a ninguna de las víctima. Les alcanzó con amenazarlas con armas de fuego.
Cerca de las 18.30 del sábado, Giselle G., de 22 años, dormía plácidamente en una de las habitaciones de su casa de Urquiza al 3700 mientras su hermana Débora, de 18, estaba en otro ambiente de la vivienda con la abuela de ambas, Victoria R., de 86 años. Las dos chicas son oriundas de la ciudad enterriana de Concordia y llegaron a Rosario hace poco tiempo para estudiar en la universidad, por lo que se instalaron en la vivienda de su abuela.
La irrupción. Todo transcurría con normalidad y nada hacía presumir que algo interrumpiera la monotonía sabatina hasta que entraron en escena los malhechores. Hasta anoche había dos versiones acerca de cómo ingresaron los ladrones a la casa. Una fuente de la Jefatura de la Unidad Regional II señaló que los asaltantes irrumpieron luego de escalar el techo de una casa lindante y descolgarse al patio de la casa asaltada. Sin embargo, otro portavoz policial indicó que el ingresó fue por el frente de la propiedad. "No sabemos si (las dueñas de casa) le franquearon el paso o violentaron alguna puerta", comentó un oficial a cargo de la pesquisa.
Lo cierto es que una vez adentro, uno de los intrusos se dirigió a la habitación donde descansaba Giselle y la despertó a los gritos. La chica se sobresaltó y, somnolienta, escuchó cómo el delincuente le anunciaba que estaban cometiendo un asalto. Giselle no pudo balbucear una palabra. Se incorporó mientras el ladrón la encañonaba con un arma de fuego y se encaminó hacia dónde estaban su hermana y su abuela obligada por el caño amenazante del revólver que portaba el asaltante.
Cuando estuvo frente a sus familiares el maleante que la controlaba lanzó la orden de rigor. "Ahora me dan la plata y las joyas", les gritó a las mujeres. En este sentido, todo hace parecer que los ladrones tenían el dato preciso de que en la propiedad había una buena cantidad de efectivo. Intimidada y convencida de que nada podía hacer para evitar el atraco, Giselle fue hasta el sitio donde estaba guardado el botín requerido. "La chica les dio la plata porque tenía miedo de que les pasara algo peor si no lo hacía", comentó un vocero de la Jefatura de la policía.
La jovencita recogió los 40 mil pesos y los diez mil dólares que su abuela tenía guardados y se los entregó al ladrón. También le dio varias joyas cuyo valor económico no fue prescisado por las fuentes consultadas pero que tendrían un importante valor afectivo para las víctimas.
La huida. Tras ello, y cuando habían transcurrido escasos minutos de su llegada, los ladrones se marcharon por el frente de la casa. El portavoz policial no precisó si después abordaron algún vehículo que los esperaba en las inmediaciones al mando de un cómplice o si lo hicieron a pie. Lo cierto es que, resignadas, las chicas y la abuela sólo atinaron a denunciar el atraco a la policía, por lo que un rato después acudió a la casa una patrulla del Comando Radioeléctrico.
Tras el trámite de rigor, Giselle y Débora fueron hasta la comisaría 7ª —ubicada a sólo cinco cuadras del lugar— y ampliaron la denuncia con más detalles. Sin embargo, hasta anoche los pesquisas no tenían precisiones acerca de los rasgos físicos de los maleantes.
El mediodía de ayer, un cronista de La Capital intentó dialogar con las víctimas para conocer cómo se había desencadenado el atraco, pero la familia de las jóvenes prefirieron no brindar detalles del hecho. "Ya hablamos con la policía", fue la respuesta escueta que brindó un hombre en la puerta de la casa donde se perpetró el jugoso robo.