Viernes 13 de Noviembre de 2009
Se llamaba Iván y tenía sólo 31 años. Yo soy su mamá y como tantas otras iguales a mí estoy viviendo un sufrimiento que ya es común a la humanidad, la pérdida de un hijo. Les ha pasado a millones de madres. Pero, ¿cómo se sobrevive a tanto dolor? Apretando los dientes, con el corazón roto, buscando con la mirada ausente el rostro tan querido. Cuando nos ocurre esa pérdida desearíamos que se detuviera el mundo y nos damos cuenta de que la felicidad es un sueño, nada más que eso, un sueño. No tengo consuelo, se cumplió esta semana un año de que no está a mi lado y sigo sin entender. Le pido a Dios que me dé fuerza para seguir viviendo con su recuerdo, y no ser una carga para mi familia. Mi hijo dejó un vacío muy grande, dejó una hermosa familia, que tanto lo extraña. Este es un mensaje que quiero compartir con las madres y las familias que viven esta desdicha. Un abrazo a todos ellos.
Teresa Scarpa, LC 5.448.210