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Se conocieron en medio de los saqueos y hoy festejan juntos el Día del Padre

No se conocían, pero los dos tenían sus mujeres embarazadas de cuatro meses y en esa paternidad pensaron por separado aquel viernes caliente del diciembre pasado.

Domingo 16 de Junio de 2013

Los unió el espanto. No se conocían, pero los dos tenían sus mujeres embarazadas de cuatro meses y en esa paternidad pensaron por separado aquel viernes caliente del diciembre pasado. Blas cuando sintió el peligro de un saqueo inminente y Diego porque al verlo en televisión creyó que no es de varón dejar solo a un hombre acorralado, cargó herramientas y se presentó para sellar la entrada del mercadito. “Vengo a soldarte”, fue toda la presentación. En ese apremio, el vínculo tuvo la intensidad de un rayo. Se hicieron amigos, sus hijos nacieron y hoy, en el primer día del padre que comparten, se potencia aquel gesto solidario.

   Las jornadas bravas del 20 y 21 del último mes de 2012 pusieron la agenda de la ciudad al rojo vivo, con lluvias locas, inundaciones y saqueos inexplicables porque, como las autoridades no se cansaron de decir, no había caldo de cultivo como en otras experiencias de desborde social. Entre los blancos, estuvo el local de Blas Contreras.

   Lejos de esa postal dolorosa, hoy los hombres hablan de sus hijos y como acto reflejo de sus propias infancias. No dejan pasar por alto los sueños y los proyectos que ya tienen casi diseñados a pesar de que Sol Mia y Leonel Alexander sólo tienen unas semanas.

   “Esta era para más adelante, pero nació tan grande que tuvimos que usarla ahora y salir a comprarle más ropa”, dice Blas sonriente y orgulloso, su primogénito pesó “4 kilos 800” y se le parece. Diego Dawydowycz lo escucha mientras acaricia los párpados de los ojos celestes de Sol, pequeña al lado del amiguito de vida, y también se ríe.

   Otra vez los hombres vuelven a coincidir. Esta vez en la ternura con que hablan de los primeros días, del estudio como el mejor camino que piensan señalarle a sus pequeños y de la brújula que piensan darles para que hagan su propio sendero y que se resume sencillo: que sean buenas personas y que respeten todo y a todos.

   Carina y Analía, sus esposas siguen la escena. Ya hablaron de las cesáreas, las mamaderas y los pediatras. Cargaron en brazos a uno y otro bebé y se asombraron mutuamente con las anécdotas posnatales. Sol se adelantó y Leonel tuvo que estar unos días en neonatología por su peso.

   Para Blas y Diego, en sus hijos, la vida está desplegada y generosa y se sienten premiados. “Todos tenemos que aprender de nuestros padres, nos dan la brújula para poder hacer nuestros propios caminos, pero con lo que recibimos de ellos”, explicaron a La Capital y dijeron que piensan “enseñarles” todo lo que vienen aprendiendo.

   Diego es rosarino, tiene un taller de herrería y hace suplencias como docente el área de tecnología, Sol ahora es la luz de sus ojos, pero él como papá debutó con Lucas que tiene tres años. Le gusta ayudar porque creció viendo a su mamá hacer lo mismo a pesar de tener cuatro hijos. Viene de infancia en los barrios con zanjas y barquitos de papel en los días de lluvia y una vocación temprana para las herramientas: a los dos años prendía fogatas y a los tres desarmaba lo que cayera en sus manos. Imaginación no le faltó pero, picados y potreros sí porque nunca fue bueno para el fútbol.

   Blas nació en Cerro Rico, Potosí, Bolivia, donde quedaron sus padres porque los nueve hijos buscaron horizontes dentro y fuera del país. Tal como hizo él en 2006, cuando llegó a la Argentina con veinte años. Recaló en Buenos Aires, donde trabajó como repositor, conoció a su esposa de nacionalidad china y quedó marcado por la personalidad de un “buen tipo” que tuvo como jefe y que se llamaba Leonel.
  La figura de su antiguo jefe, lo fascinó tanto que su pequeño también heredó nombre. “Quería que naciera un Leo de verdad, que sea un buen hijo. Yo como padre le voy a dar todo lo que esté a mi alcance, que tenga las mismas agallas y la misma fuerza”, enfatizó el joven comerciante.

Blas y su garra. Cuando conoció a quien hoy es su esposa y para franquear la barrera del idioma, Blas no vaciló y dijo que se llamaba “Leo”. Así le dicen los clientes de su mercadito a medida que llegan a la caja. ¿Y cómo está el bebé?, preguntan cálidos y atentos.

   Entre una diligencia y la otra, acompañado por el menor de sus hermanos, Blas evoca su infancia en Bolivia y arranca por el principio, cuando al Cerro Rico los españoles lo “saquearon y esclavizaron a la gente por las minas de plata. Con los huesos de los que murieron allí se puede hacer un puente hasta Europa”, contó.

   En su ciudad natal se propuso ser el mejor del curso y lo logró, quiso jugar al fútbol y estuvo a punto de que un club profesional lo contratara como arquero, además de ayudar desde muy temprano a sus padres y hacerse ducho en el oficio del comercio; movida que terminó de pulir en Buenos Aires mientras se prometía a sí mismo progresar. No nos fijamos en las horas trabajadas, ni en feriados sin quejarnos, me hice querer así y cuando pude me abrí por mi cuenta con una verdulería”, relató Blas.

De fierro. “Cada vez que puedo paso por acá con mi camionetita y hablamos con Blas”, dice Diego y cuenta que charlan sobre cómo están las cosas y de los hijos. Aunque cueste creerlo, él está convencido de que “hay mucha gente que hace gauchadas”, como las que hizo cinco meses atrás. Más aún, afirma que “son más los buenos que los malos , porque los buenos son siempre los que mantienen todo”. Y si lo dice un soldador solidario, habrá que creerle porque es gente de fierro.

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