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Santa Fe, una ciudad que desde hace diez años duerme intranquila

El martes se cumple una década de la inundación que dejó una profunda herida en la población. En 2003 el agua tapó 150 mil hogares y mató inicialmente a 22 personas, pero sus secuelas aún golpean.  

Domingo 28 de Abril de 2013

Dormir con un brazo colgando al costado de la cama y la mano rozando el suelo no es una ninguna alteración patológica. Pero es una práctica frecuente entre los santafesinos. Un sistema de alerta que pretende ser temprana. Un mecanismo de defensa que permita reaccionar a tiempo y salvar la vida. Lograr amoldar el descanso, de acomodar el cuerpo a una rigidez casi total sin la cual el esfuerzo habría sido en vano y, finalmente, poder conciliar el sueño. Un sueño leve, es verdad, pero sueño al fin. Antes de que todo este mecanismo se convirtiera para muchas personas (más de lo que se puede imaginar) en un acto reflejo, natural y espontáneo como todo instinto de supervivencia, la pesadilla recurrente ganaba los ánimos con cada alerta meteorológico que pronosticara lluvia en esta ciudad.

Dormir con una mano colgando de la cama permite sentir la humedad y el frío del agua si ésta entra al dormitorio. Y eso querrá decir que ya ingresó al resto de la casa. Cada célula del cuerpo deberá reaccionar ante ese peligro mortal y la acción salvadora deberá tener el ímpetu vivaz y urgido con el que nos erguiríamos de inmediato si una alimaña o un reptil nos tocara una parte del cuerpo.

Así de afectadas —y existen muchas otras manifestaciones del trauma— está todavía la población de la ciudad de Santa Fe a 10 años del ingreso del río Salado que tapó 150 mil hogares el 29 de abril 2003, costó decenas de vidas y afectó para siempre a los que sobrevivieron tanto como a la idiosincrasia santafesina para los tiempos.

Mañana, el martes y toda la semana. Incluso días pasados, hubo y habrá actos conmemorativos. Para no olvidar la tragedia que inundó para siempre el inconsciente colectivo. Para recordar a los muertos que se tragó el río aquella noche fatídica en que entró de modo aluvional y en cuestión de horas destruyó todo a su paso dejando barrios enteros desaparecidos bajo las aguas.

Aquel 29 de abril dejó 22 víctimas fatales originales. Cada una de esas muertes es un recuerdo lacerante. El hijo que sacó a la abuela y cuando regresó por la madre ya la encontró ahogada. La joven madre que era rescatada en una canoa a la que una ola empujó con fiereza haciéndole despedir su bebé de entre sus brazos. Cuerpos atorados por el caos en que se convirtió cada hogar invadido?
  
Los que siguieron. También están los muertos residuales. Se los recordará en los memoriales que se leerán en la carpa negra que se levanta en la Plaza de Mayo frente al palacio de gobierno.
  Sus nombres no están. Las cruces recuerdan a los del recuento inicial, pero están los que fueron muriendo en esta década por las afecciones conque la tristeza de aquellos días hirió sus almas y lastimó su salud. No se sabe cuánta gente murió en estos años pero se dice que son centenares. Claro, no se puede afirmar que las haya matado la inundación y el agua que tuvieron dentro de sus casas hasta el techo y que al retirarse convirtió en un lodo fétido de desechos a muebles y posesiones de toda clase (fotos, cartas, documentos, recuerdos y cuanto otro alimento del alma atesoran las personas en sus moradas). Pero ¿hay acaso en Santa Fe alguien que se atreva a afirmar que no haya sido así?
  La premisa que tiende a afianzarse es la de no olvidar. Junto a ella perduran otras consignas. Reclamos de justicia e identificación de responsabilidades incumplidas tanto como de los nombres de responsables de incumplirlas para quienes se piden enjuiciamientos y cárcel. Polémicas ardientes reavivan sus llamas en cada aniversario. Será peor esta semana, en que la fecha es redonda: 10 años.
  No olvidar significa todas esas discusiones y cuentas por saldar, pero también asumir que desde que se nace o se viene a vivir a Santa Fe se debe incorporar la conciencia del riesgo como un ingrediente insoslayable de cotidianidad. Como es el temblor de la tierra en quienes viven en zonas sísmicas, o al pie de volcanes a orillas de mares que pueden despertar tsunamis. Saber que un papel arrojado a la vía pública, junto con otros papeles arrojados por otros, pueden tapar una alcantarilla y esas conductas pueden tornarse fatídicamente criminales en un día de lluvia. Un desagüe pluvial obturado será una calle anegada y las cuadras de las casas con agua en su interior, sin más.
  Santa Fe vive rodeada de una muralla de aludes que buscan impedir que el Salado vuelva a entrar por el oeste (como en 2003) o el Paraná por este. Pero ello hace que la topografía se haya convertido literalmente en una olla a la que una lluvia torrencial —de esas que son cada vez más frecuentes— llena con facilidad y mayor o menor rapidez según la intensidad.
  
Ciudad sobresaltada. Desde hace 10 años esta ciudad se despierta sobresaltada con cada lluvia pensando que se repetirá aquel abril de 2003. La alertas se encienden preventivamente y las autoridades se crispan de tensión a la espera de comprobar cuán efectivas resultarán obras e inversiones que desde aquel año han venido haciendo las distintas administraciones municipales pero que, siempre intuyen, serán insuficientes si la magnitud del fenómeno es extraordinaria. Todo cuanto describe esta nota —como las muchas que ya han comenzado a ser publicadas por los medios de prensa locales— estará presente en este décimo aniversario de la más grave y grande tragedia evitable en la historia de 440 años de Santa Fe.
  Sin embargo, nadie todavía se atreve a formular la única pregunta que permitirá afrontar un futuro menos incierto: ¿Cuándo, cómo y hacia dónde comenzará el éxodo a un lugar menos riesgoso? Esta pregunta caerá por su peso cuando finalmente los santafesinos entiendan que no es el río el que irrumpió en sus hogares, sino que fueron ellos los que construyeron sus casas en los valles de inundación de los ríos. Al fin y al cabo, Santa Fe ya debió asumir este desafío. Fue entre 1651 y 1660 cuando la ciudad debió mudarse desde lo que hoy se conoce como Cayastá (donde Juan de Garay la fundó en 1573) por el asedio de los indios, pero también por las inundaciones con las que la asolaba el río de los Quiloazas hoy bautizado río San Javier.


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