En foco

¿Saldremos mejores de la pandemia?

Los autores de esta nota evalúan las mejores y peores posibilidades que se barajan para responder a la pregunta del título, y analizan el rol de los medios

Domingo 25 de Octubre de 2020

pandemia-kXYG-U100782752370KSG-1248x770@El Correo.jpg

Desde la imprevista irrupción global de la pandemia, una de las preguntas que se ha venido estructurando concierne a sus consecuencias. Se trata de la pregunta por las consecuencias políticas, culturales y sociales que tendrá esta prolongada experiencia.

Quedó atrás aquella idea, que vista desde hoy luce algo ingenua, de esta crisis como un breve paréntesis luego del cual todo –y todos– volveríamos a ser como era antes. La larga circunstancia pandémica es también una circunstancia (re)formadora de subjetividades. Todas las crisis importantes producen un efecto sísmico sobre el subsuelo de valores de una sociedad.

¿Atomización o solidaridad?

En el plano sociológico, la incertidumbre admite diversas posibilidades: ¿la pandemia profundizará procesos de individualización o, por el contrario, favorecerá oportunidades para recrear lazos de solidaridad y sentidos de pertenencia? El sociólogo Robert Putnam lo sintetizó de la siguiente manera: “El virus gira alrededor de una cuestión, ¿somos un nosotros o somos un yo?”.

La hipótesis “pesimista” puede respaldarse con un conocido marco teórico y con mucha “evidencia empírica” experimentada durante estos meses: el miedo y la paranoia no estimulan los lazos solidarios ni fortalecen el capital social. Asimismo el aislamiento ya volvió “de hecho” la vida social más atomizada, retraída e individualista: hasta los muertos murieron en soledad, compartir se transformó en una amenaza y los cuerpos “aprendieron” a reprimir la abrasadora corporalidad argentina.

Afortunadamente también existen argumentos en favor de un escenario menos sombrío. Desde marzo estamos enrolados en una experiencia plena y reflexivamente colectiva: participamos de un lenguaje social vinculado con la solidaridad y con la responsabilidad colectiva, que parecían melodías sociales olvidadas.

Otro elemento sobre el que podría apoyarse alguna clase de frágil optimismo es lo que ocurre en las plazas y en el espacio público. El paisaje urbano luce nuevamente invadido y la vida social, tras el confinamiento hogareño, resurge a partir de la imaginación participativa y de la espontánea reinvención social de actividades que se recrean en el espacio público. Al menos durante estos meses, se suavizaron tendencias hacia la privatización y segmentación que el mercado de consumo acentúa.

Representaciones mediáticas

Pero entonces, ¿saldremos más egoístas, potenciando el “yo neoliberal”, o resurgiremos con los músculos comunitarios y los valores públicos revitalizados? Nadie lo sabe.

Ese destino (“pospandémico”) que estamos haciendo estará ligado con las formas en que procesemos lo que estamos “viviendo”, lo que nos pasó e hicimos en el 2020. ¿Y cómo asimilamos esta experiencia tan inédita? A través del lenguaje. Proponemos entonces una idea simple: el lenguaje importa, es decir, no solo el “deterioro material”. Por otra parte, debe considerarse que esa metabolización discursiva no es natural ni espontánea: es también un campo de batalla en el que compiten diferentes encuadres y marcos ideológicos desplegados por los distintos actores de la discusión pública, arena en la que los medios de comunicación se destacan como productores de representaciones simbólicas.

Con la pretensión de aportar una aproximación preliminar al fenómeno, nos enfocaremos en el análisis del vértice mediático de un triángulo de tensiones en el que medios, política y públicos pugnan por la definición social de la realidad. Lo haremos a partir del trabajo que realiza el Observatorio de Medios de la Universidad de Cuyo. Nos interesa subrayar y reflexionar sobre uno de los hallazgos que surge de la observación del “comportamiento mediático” durante estos primeros meses de experiencia pandémica. Nos referimos al giro individualista en el ambiente discursivo.

Posiblemente una de las funciones más conocidas de los medios sea aquella referida a la incidencia sobre la agenda pública. Diversas investigaciones han demostrado que a través de la selección, omisión y jerarquización de eventos mediatizados las coberturas informativas son capaces de incidir en el debate social. Sin embargo, la construcción de un temario no agota la potencia mediática. Además de la mayor o menor relevancia brindada a un tema –resorte central de la agenda, es decir qué discutimos y dejamos de discutir– los medios narran los asuntos de una determinada manera. Y en contextos de aislamiento social que potencian la relación no experiencial con una enfermedad que pone en riesgo la salud y la vida, las representaciones mediáticas de la pandemia adquieren una centralidad aumentada.

La literatura académica denomina “encuadre” a esa dimensión narrativa. Se trata de la estructuración de esquemas interpretativos de los temas que, a partir de una definición causal, una evaluación moral y un abanico de posibles soluciones sobre los problemas públicos tiñen de manera más o menos intencionada, moral e ideológicamente, a los asuntos tratados. De esta manera, los encuadres mediáticos que catalizan el debate público aportan un sembrado explicativo de la realidad, dado que los discursos nunca son “puramente” descriptivos, ni se limitan a “mostrar” o “reflejar”. El lenguaje mediático, a través de la “representación”, participa de la construcción social de la realidad, esto es: de los imaginarios a través de los cuales la experimentamos y actuamos en y sobre ella. Esto no implica que necesariamente existan voluntades deliberadas de distorsión o intenciones ideológicas manifiestas.

Si repasamos las agendas de la Covid-19, desde que quedó disuelta la primera etapa de “suspensión voluntaria de la grieta”, dos encuadres centrales convivieron y compitieron por la definición de la situación y de las posibles formas de gestión y/o resolución del problema.

El primero de ellos, al que podríamos denominar “proteccionismo público”, consiste en un enfoque sanitarista cuyo centro de gravedad reside en la idea de “protección estatal”. Bajo este enfoque, la pandemia queda enmarcada en una serie de políticas públicas regidas por la acción gubernamental, sostenida sobre el conocimiento científico de epidemiólogos e infectólogos. En este marco el riesgo siempre queda subrayado y las conductas que se alientan son de aislamiento, cuidado y prudencia. Aquí el Estado aparece como organizador del tejido protector: sin él los riesgos para la sociedad se multiplican. Asimismo esta avenida discursiva, como todo discurso asociado a la esfera de lo público-estatal, incorpora el valor de la solidaridad en un lugar de especial resonancia simbólica.

El segundo encuadre, al que llamaremos “individualismo pandémico”, consistió en un enfoque mediático-empresarial cuyo foco está puesto sobre los daños colaterales de la cuarentena y no de una enfermedad global. Su primer rasgo es que la pandemia queda sustraída de la base argumental y descriptiva. En este encuadre, la cadena alimenticia de víctimas y culpables aparece reformulada con respecto al discurso oficial: aquí las principales víctimas no son los fallecidos y contagiados, sino que a partir de un desplazamiento retórico se construye como principales afectados al conjunto de capas medias profesionales, cuentapropistas y empresariales, a los cuales las políticas sanitarias estatales no sólo habrían afectado económicamente. La idea rectora de este segundo enfoque es la noción de Libertad, donde el Estado es ubicado como parte del problema, cuyas normativas pandémicas son tomadas como agresiones a la libertad. Tal como lo expresó Mauricio Macri cuando sostuvo: “el populismo es peor que el coronavirus”.

El giro individualista

Al introducir las figuras de “proteccionismo público” e “individualismo pandémico” aspiramos a describir arquetipos que compiten en el espacio público mediatizado. Como enseña el lingüista George Lakoff, la mayoría de los ciudadanos conjugamos y mezclamos ingredientes de diversos encuadres ideológicos. Pero además de caracterizar los contornos de estos dos encuadres, lo que nos interesa es incorporar a la reflexión sobre el futuro del tejido social un hallazgo también registrado por el Observatorio de Medios: el giro individualista.

¿A qué nos referimos por giro individualista? Rebobinemos: en los comienzos, cuando el paradigma sanitarista que llamamos “proteccionismo público” era dominante, la responsabilización mediática por la respuesta sanitaria recayó sobre el gobierno nacional como actor central. Inicialmente, las reacciones discursivas y mediáticas más extendidas dieron lugar a la puesta en valor del rol del Estado como garante de derechos, reparador de asimetrías y “escudo nacional”. En ese marco, “salir mejores” cobraba un sentido esperanzador apoyado sobre aquel inesperado consenso según el cual lo público y lo colectivo debían imponerse sobre la racionalidad y los apetitos que rigen otros campos, por ejemplo el mercado. Era tal la atmósfera de optimismo solidario y empatía colectiva, que incluso la mayoría de empresas y marcas comerciales transitaron y expresaron este clima de época lanzando spots publicitarios cuyos ejes aludían a la pertenencia colectiva y a la importancia de la solidaridad. Es decir, el “mercado” se volcaba sobre los valores públicos.

Sin embargo, la responsabilización mediática por la resolución de la situación varió. Con el paso de los meses, el encuadre sanitarista, público y solidario perdió centralidad en favor de narrativas más (neo)liberales. Una nueva versión de emprendedurismo sanitario empezó a contagiarse y a ganar espacio en los medios.

En una primera etapa el Estado, a través de sus diferentes organismos y niveles, fue el actor central señalado (y elegido) por los medios de comunicación como responsable para resolver –o al menos– contener la crisis. Tal inclinación estatista, pública y colectiva flotaba en un ambiente cuyo “graph” decía “nos cuidamos entre todos”. Ciudadanos colectivamente responsables bajo un Estado tutelar que fijaba los marcos para la acción individual y garantizaba el derecho a la salud y el sustento material para capear el temporal.

En septiembre el semblante mediático cambia rotundamente: más del 60% de las notas se ocupan de la pandemia en términos de “responsabilidad individual”, quedando el abordaje en términos de políticas estatales y protección pública solo en el 40% de las notas sobre la crisis sanitaria.

Como se puede observar, el éxito inicial del encuadre “proteccionismo público” fortaleció la legitimidad estatal. Con el paso del tiempo, diferentes circunstancias –y actores mediáticos y/o políticos– favorecieron el ascenso del “individualismo pandémico” (soluciones individuales para una pandemia global), encuadre en el que se privilegia la responsabilización individual de la gestión de la pandemia y que conduce al declive de la figura estatal como agente determinante de la situación. Rápidamente en la atmósfera mediática empezaría a respirarse un nuevo ambiente ideológico, donde la noción de “libertad” tendría mayor relevancia que la de “protección”, mientras que una suerte de darwinismo pandémico crecería debilitando el clima de solidaridad colectiva que los propios medios habían contribuido a crear meses atrás.

El ascenso del discurso “individualista”, en detrimento del “proteccionismo público” revela otro rasgo muy característico de la “representación” mediática: la sobrerrepresentación de las capas medias y altas como principales afectadas. La contracara de este fenómeno suele ser una semi-invisibilización de los sectores populares.

En este momento, la confrontación discursiva parece haberse resuelto a favor del ideario de mercado, por el cual el Estado es llamado más a “dejar hacer” que a “proteger”. En esa fantasía ideológica, los individuos son libres, del mismo modo que los presentadores televisivos, para elegir y sugerir el mejor tratamiento sobre la base de sus creencias o preferencias, más allá de lo que indiquen la ciencia o el Estado. Tal vez, la versión más extrema de esta sublimación epidemiológica del neoliberalismo pudo reconocerse en las versiones pseudocientíficas de la “teoría del rebaño”, según la cual el Estado no debía “entrometerse” en la libre circulación del virus, cuya propia “astucia” regularía su extinción.

Antes de terminar, volvamos al origen, a la pregunta: ¿qué hará esta pandemia con nosotros?, ¿saldremos mejores? Como vimos, los últimos meses fueron testigo del ascenso de los discursos agresivamente individualistas, mientras se debilitaba aquel consenso público-colectivo que supimos conseguir. Mientras tanto, la profundización del deterioro económico y social, la precariedad de la democracia regional, la corrosiva dinámica pandémica y el crecimiento de una derecha que parecía pertenecer a los libros de historia configuran un contexto poco propicio para la producción de esperanza.

En este contexto, la excepcional crisis en curso podría acentuar procesos de privatización, desconfianza e individualización, que a su vez serían compatibles y propicios para el crecimiento de discursos y “soluciones” políticas muy corrosivas para la cultura democrática. Pero también podría no hacerlo, y relegitimar la función protectora y reguladora del Estado, promover mayor responsabilidad en la dirigencia política y favorecer la revitalización de los lazos comunitarios y del capital social. El futuro está abierto.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario