Domingo 23 de Agosto de 2015
A las 10 y 10 de la mañana sonó mi celular, era Juan Manuel, alguien a quien no conocía que trataba de explicarme que mi hija había sufrido un accidente de tránsito, pero no debía preocuparme porque estaba bien. "Le paso el teléfono a Julia me dijo". Julia me tranquilizó y me pidió que Irene, mi mujer, y yo fuéramos rápido. Al llegar a la esquina tomamos conciencia del accidente. El tránsito cortado, la gente amontonada, la policía, Julia tirada en el piso con la cabeza sangrando y por si algo faltaba, una llovizna persistente que tornaba más angustiante la escena. Pero, el señor que la había chocado estaba allí y nos daba sus datos, Juan Manuel nos entregaba las cosas de Julia en una bolsa mientras trataba de tranquilizarnos, una médica que nunca supe cómo se llamaba le tenía la cabeza firme, los muchachos de la gomería ofrecían el lugar para guardar su bicicleta, los médicos de la ambulancia la contenían mientras tratábamos de conseguir un sanatorio que tuviera camas para recibirla y la gente que nos rodeaba nunca nos molestó. La internamos en Los Arroyos gracias a Mario que aunque tampoco tenía lugar, dispuso que se resolviera la urgencia. No hay palabras para expresar la manera en que tanto Julia como mi mujer y yo nos sentimos contenidos. En el sanatorio, Pablo, los médicos, las enfermeras y todos los que participaron fueron fantásticos. A la noche, más tranquilos, sabiendo que las cosas estaban más claras, conversábamos con Irene y mi otra hija Maite mientras atendíamos los llamados de los amigos de Julia, sus compañeros de trabajo, sus alumnas, y tanta otra gente que se interesaban por saber cómo estaba, pensando en todo esto que había pasado desde las 10 y 10 de esa mañana y más que nunca estábamos seguros que aunque haya gente que torpe o maliciosamente lo diga, no vivimos en "un país de mierda". Las cosas no son como las pintan irresponsablemente algunos medios que la mayoría de las veces para defender sus mezquinos intereses, y otras de torpes nada más, pretenden hacernos creer que vivimos en un infierno sin importarles si esa actitud atenta contra la convivencia cordial de la población. Vivimos en un país donde, como en todos lados, pasan cosas buenas y cosas malas, que seguramente debemos mejorar, aunque haya personas que insistan en lo contrario y consideren que lo que no es nuestro país es un ilusionado Primer Mundo mejorado y edulcorado, desconociendo cómo vive en realidad la inmensa mayoría de los habitantes del mundo. Julia me pidió que escribiera esta carta para agradecer a toda esa gente que anónimamente la ayudó, la acompañó y la contuvo en un momento difícil, y a la que espera poder llegar por este medio con todo cariño. El domingo, Julia guardaba reposo, y los demás miembros de la familia fuimos juntos y tranquilos a votar.
Carlos Pérez Cortés